Con el inicio del nuevo gobierno, es natural que se abra un intenso debate sobre las prioridades que deben orientar los próximos cinco años. Como es de esperarse, la seguridad ciudadana, la educación, la salud y el empleo aparecen, con razón, entre las principales preocupaciones de los peruanos. Y es que todas ellas merecen atención si buscamos mejorar el bienestar de la mayoría de nuestros compatriotas. Sin embargo, en medio de esa discusión, solemos olvidar un elemento que rara vez ocupa el centro del debate, pero que hace posible avanzar en todos esos frentes: la estabilidad macroeconómica.
Por lo general, se presenta la estabilidad económica como un asunto reservado únicamente para el debate entre especialistas. Se suele utilizar un lenguaje técnico para hablar de inflación o equilibrio fiscal, como si se tratase de asuntos alejados de la vida cotidiana. Pero la realidad es muy distinta: basta apreciar cuánto sufren los hogares más vulnerables cuando se pierde la estabilidad macroeconómica para constatar que estamos frente a un tema que en última instancia es social. La inflación constituye quizás el ejemplo más evidente. Hace solo unos años fuimos testigos de cómo las familias peruanas fueron golpeadas por la mayor inflación generada por la pandemia y el conflicto internacional. A primera vista, podría parecer que el aumento de los precios afecta a todos por igual. Sin embargo, sus consecuencias son profundamente desiguales. Los hogares más pobres destinan buena parte de sus ingresos a cubrir necesidades básicas y tienen, por ello, menos capacidad para defender su poder adquisitivo. Cuando los precios suben persistentemente, son justamente estos hogares quienes deben reducir primero su consumo, postergar decisiones importantes o renunciar a oportunidades.
Al respecto, la reciente experiencia peruana ofrece una lección valiosa. Durante las primeras dos décadas de este siglo, el país logró sacar de la pobreza a más de nueve millones de peruanos. Ese extraordinario avance fue posible gracias al crecimiento económico, la generación de empleo y políticas sociales cada vez más focalizadas. Pero todos esos avances descansaban sobre un pilar menos visible: una economía estable. Sin estabilidad resulta mucho más difícil atraer inversión, generar empleo de calidad y sostener mejoras permanentes en el bienestar de las familias.
Las políticas sociales son indispensables para construir un país con más oportunidades. Pero es un error pensar que la política económica y la política social transitan por caminos separados. La primera, de hecho, crea las condiciones para que la segunda pueda cumplir efectivamente su propósito. Muchas personas creen que la estabilidad macroeconómica compite con la agenda social. En realidad, es una condición para que la agenda social tenga éxito. Cuando hablamos de estabilidad macroeconómica, no solo estamos hablando de indicadores que celebran los economistas; sino, sobre todo, de proteger el bienestar y las oportunidades de quienes menos tienen. Por eso, la estabilidad macroeconómica es la primera política social.
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