Pongámonos en la situación más probable, que Fuerza Popular gane las elecciones. ¿Qué posibilidades tiene el diálogo político y social? ¿Es viable sedimentar un entendimiento mínimo entre partidos, organizaciones sociales, regiones y hasta individuos encrespados por el resultado electoral? Creo que debemos recordar algo básico: el diálogo es, en el plano humano, la expresión mayor de la dignidad de la persona. Socialización y lenguaje son las señas de identidad de nuestra especie que explican su ubicación en la cima del reino animal. Así que, cuando la Constitución en su artículo primero se refiere a la dignidad de la persona humana, está colocando como premisa de todo el sistema jurídico-político un valor del que se desprenden todos los derechos fundamentales, la organización política que los defenderá y, desde luego, el diálogo como mecanismo de reconocimiento mutuo y tratamiento de las diferencias.
En el plano del ejercicio del poder, el diálogo es el motor de la democracia. Una sociedad emancipada tercia permanentemente en las decisiones con las armas de la ley y el diálogo. Si lo que deseamos es seguir intentando vivir en democracia, no hay otro camino que no sea afianzar formas de diálogo, desde las más humildes (espero de todo corazón que la paz vuelva a las familias y los amigos tras la reyerta electoral), hasta formas más complejas como el diálogo entre actores políticos o entre el Estado y la sociedad. Se reconoce al ganador de las elecciones, pero este reconoce a su vez a los perdedores. Tienen una cuota de poder. Quizá sea un exceso llamarlos “perdedores” porque en estricto la competencia en una democracia no cesa nunca, solo disminuye luego de las elecciones. El perdedor de hoy puede ser el ganador de mañana y si bien se constituirá en oposición política, debe estar siempre dispuesto a dialogar.
En este marco ¿cuáles serían las opciones de diálogo político y social? La más débil viene lastrada por la tentación de adueñarse de todo el poder. Si el gobernante no se ha educado en modales democráticos, buscará por todos los medios una mayoría en el Congreso y cebará las armas para reprimir las protestas. Ocasionalmente condescenderán a tratar temas puntuales con las otras fuerzas políticas. Por ejemplo, se anunció la creación de una comisión para la revisión de las “leyes procrimen”. ¿Se mantendrá este ofrecimiento? De momento choca con la ley recientemente aprobada que traslada al fuero militar procesos por delitos cometidos por policías y militares calificados hasta ahora como comunes y que la norma ha convertido en delitos de función. El riesgo de impunidad es evidente. Veremos, en el mensaje a la Nación, cómo viene la mano en esta materia.
Esta opción menoscabada de diálogo se estrella contra la mitad del país y muchos más si tenemos en cuenta que el voto por convicción es el de la primera vuelta. El de la segunda es un voto o resignado o en contra del otro candidato. Entonces, si los entusiastas se reducen a 17% de los votos válidos o 10.5 % del total de votos y votantes, el real sostén social del gobierno es una minoría. ¿Da como para sentirse el dueño de la pelota? No ¿verdad? Y si a esto le agregamos los nuevos actores que entrarán a la cancha en las elecciones regionales y locales, y que históricamente han dado dura pelea a los partidos nacionales, el nuevo oficialismo necesitará doble dosis de realismo político para entender el Perú de hoy. No sería raro que asistamos en octubre al nacimiento de una oposición regional más orgánica. El sur del Perú puede ser el terreno de una experiencia así. Sus ciudadanos han denunciado discriminación, postergación e impunidad en relación a los muertos en las protestas del 2022-2023, y se mantienen en ebullición política.
La pregunta es entonces, ¿se puede gobernar replegándose sobre sí mismo? La respuesta inmediata es no. La endogamia política solo es viable en dictaduras. En democracias lleva al colapso, y en estos diez años el país ha sido empujado hasta el borde. No da más.
Pero, siempre es posible la opción de llamar a la unidad desde el 28 de julio, de crear canales de comunicación confiables con la oposición, de equilibrar el poder sacando las manos de las instituciones autónomas, de corregir los estropicios legales salidos del Congreso que se va, de hablarle con sinceridad a la población casi en tono de segundo debut, criticando el legado autoritario y corrupto del fujimorismo de los noventa y las malas prácticas de la historia reciente. Permítanme frente a esta opción, ponerme expectante, ¿ese fujimorismo existe? Si existiera sería una grata sorpresa. Pensando lo mejor posible, quizá haya o brote un grupo minoritario dispuesto a dar la batalla interna poniendo por delante las reglas de juego democrático.
La tercera opción está en manos más de la oposición política que del oficialismo: forzar el diálogo constituyendo un bloque que sin diluirse en una alianza actúe coordinadamente para cerrarle el paso a pretensiones malsanas que se teme vendrán en forma de intereses mercantilistas y demostraciones autoritarias de poder. Requisitos: adelgazar los egos, ningún partido es dueño de un electorado; construir una agenda política básica, promoverla y defenderla férreamente; desarrollar capacidad política para no pagar el noviciado; y no perder la sintonía con la sociedad. No se trata de socavar el poder de nadie, se trata de organizar el control del poder y de tomar la iniciativa en el debate público sobre seguridad ciudadana, lucha contra la corrupción, reformas institucionales, relanzamiento de la economía, empleo, etc.
En suma: sensatez política para un sano equilibrio mediado por el diálogo; y sentimiento popular de prudente desconfianza para no bajar los brazos ni un solo día, ni un solo minuto.












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