¿Qué reconciliamos?, por Gonzalo Banda | mensaje a la nación | keiko fujimori

En marzo de 1865, cuando la guerra civil estadounidense estaba por acabar y la victoria de la Unión parecía inevitable, Abraham Lincoln pudo pronunciar el discurso de un vencedor y, sin embargo, no lo hizo. En su segunda toma de posesión habló de los graves problemas que los habían separado, de la esclavitud, la culpa y del precio nefasto de la guerra civil. No invocó un llamado a la reconciliación pueril, sino que nombró las cosas que los separaban como país, invitando a cuidar a quienes habían combatido, a sus viudas y huérfanos. Era un programa de reconciliación profundo y refundador.

Keiko Fujimori ha anunciado una reconciliación nacional. En su primer mensaje sostuvo que el orden y la reconciliación pueden ser compatibles, llamó a la oposición a tender puentes y negó que existan “dos Perú distintos”. Fue un discurso pragmático, pero uno esperaría que, tras años de búsqueda de la presidencia, el discurso no solo tuviera una mayor profundidad de diagnóstico de nuestros problemas, sino mayor ambición histórica.

Aun así, el llamado a la reconciliación fue inequívoco. La reconciliación suele ser extraordinariamente útil para reconocer que existe una herida, pero poco se dijo sobre la incomodidad de identificar quién y cómo la produjo, y qué se piensa hacer para sanarla. El peligro de convocar al futuro sin rendir cuentas sobre el pasado es que nadie asume responsabilidad de nada.

No todos los peruanos conocen el mismo Estado. Para algunos es una municipalidad funcional, una universidad razonablemente buena, una moneda estable o una comisaría que responde. Para otros es una escuela sin maestros, una posta sin medicamentos, muertos que nunca recibieron justicia, un expediente que nunca avanza (atorado en un ministerio) o un contingente policial que llega siempre antes que el agua potable.

Hay una vocación unitaria de nación, pero muchas realidades disímiles que hablan de experiencias no solo diferentes de la nación, sino de recuerdos traumáticos. No se reconcilia aquello que está en armonía. A eso debemos añadir que, desde hace años, el debate público ha alejado a los ciudadanos de la convivencia armoniosa. Se ha exacerbado la discusión política desde aquello que se ha llamado la batalla cultural, y que ha dominado hasta a las élites más informadas. Es decir, no solo los sectores más marginalizados por el Estado, sino sus élites se han ido alejando a pasos agigantados, al punto de haber dibujado mapas electorales bastante tercos y resistentes.

Orden y reconciliación pueden ser compatibles. Pero únicamente si el orden significa reglas imparciales, instituciones capaces y límites al poder. Si significa silencio e impunidad para todo lo que pasó y lo que ha dividido, no habrá reconciliación. No se cierran las heridas escondiéndolas sino exponiéndolas para que sanen, atendiéndolas y remediándolas. La reconciliación sin justicia ni reparación es solo la tranquilidad burocrática de los vencedores.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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