por qué muchos pacientes no denuncian

Fátima del Reino Iniesta
La medicina estética continúa creciendo en España, pero el aumento de procedimientos convive con un fenómeno menos visible: el silencio de los pacientes que han sufrido resultados adversos. Durante la búsqueda de fuentes para la elaboración de este reportaje, ningún paciente aceptó aportar su testimonio, a pesar de haber contactado con numerosas asociaciones de pacientes y organizaciones.

El psicólogo Roel García Serrano, profesor de Psicología de la Personalidad e Intervención y Tratamiento del CES Cardenal Cisneros, que trabajó de manera activa en una clínica durante siete años, ha explicado a iSanidad que factores como la vergüenza, la culpa o el miedo al juicio social influyen en esta falta de testimonios. «La culpa tiene un peso importante. Al haber firmado un consentimiento y haber tomado la decisión, la persona puede sentir que pierde legitimidad para reclamar».

Roel García Serrano: «Al haber firmado un consentimiento y haber tomado la decisión, la persona puede sentir que pierde legitimidad para reclamar»

El peso de la vergüenza y la culpa

Las consecuencias de una mala experiencia en medicina estética no son solo físicas. Según explica García Serrano, las secuelas emocionales pueden ser profundas y prolongadas. «Las repercusiones más habituales suelen ser el descenso de autoestima, la vergüenza corporal, la culpa, la ansiedad social y y la rumiación constante. La cicatriz o la alteración visible pueden convertirse en un recordatorio permanente de la decisión tomada. No es solo una marca física, sino también simbólica», ha señalado.

Cuando el resultado afecta al rostro o genera cambios visibles, el impacto psicológico puede ser aún mayor. «El rostro y el cuerpo forman parte de nuestra identidad biográfica. Nos han acompañado durante años. Cuando el cambio es muy notorio o inesperado, puede surgir una sensación de extrañeza o de no reconocerse. Algunas personas viven un pequeño duelo por la imagen anterior». Este impacto emocional ayuda a explicar por qué muchos afectados prefieren no hablar de lo ocurrido o no denunciar posibles negligencias.

Roel García Serrano: «Cuando el cambio es muy notorio o inesperado, puede surgir una sensación de extrañeza o de no reconocerse»

Además de la culpa, el miedo a la reacción del entorno también juega un papel relevante. Según García Serrano, «existe una ambivalencia cultural: se promueve la mejora estética, pero se penaliza que se note que ha sido intervenida».

Esta presión social hace que muchas personas deseen mejorar su imagen, pero al mismo tiempo teman el juicio del entorno si el cambio es visible o si el resultado no es el esperado. Cuando aparecen complicaciones o cambios visibles, ese temor puede intensificarse favoreciendo «el silencio, la minimización del daño y el aislamiento».

Cuando el enterono también guarda silencio

El silencio no solo procede de los propios pacientes. En muchas ocasiones, el entorno también contribuye a mantener esa invisibilidad porque «suele callar por incomodidad, por miedo a herir o por no saber cómo abordar el tema», ha explicado García Serrano.

La intención suele ser proteger a la persona afectada, pero el resultado puede ser el contrario. «A veces se piensa que no señalarlo protege, pero ese silencio puede dejar a la persona sola con su vivencia y reforzar la sensación de que hay algo vergonzoso en lo ocurrido». De esta forma, muchos pacientes afrontan las consecuencias físicas y emocionales de una intervención estética sin compartir lo sucedido ni buscar apoyo más allá de su círculo más cercano.

Dr. Fernández Mesa: «Muchos pacientes no son conscientes del riesgo porque asocian la medicina estética a lo que sería la estética sin medicina»

Intrusismo profesional y banalización de la medicina estética

Este silencio se produce en un contexto de fuerte crecimiento del sector. Según el estudio Percepción y Penetración de la Medicina Estética, impulsado por la Sociedad Española de Medicina Estética (SEME), el 47% de la población española se ha sometido alguna vez a una técnica médico-estética. La Dra. Petra Vega, miembro de la junta directiva de la SEME, ha explicado que el uso de estos tratamientos se ha consolidado en la sociedad española en los últimos años. Además, añade que una parte importante de los pacientes «aproximadamente un 34%» los ha repetido más de una vez.

La especialista también ha apuntado que el perfil de los pacientes está cambiando con el paso del tiempo. «Actualmente podemos considerar que aproximadamente un 25% de los tratamientos se realizan en hombres, cuando por ejemplo en 2012 no llegaba a un 12%», indica.

Sin embargo, el aumento de la demanda también convive con un problema que preocupa al sector: el intrusismo profesional. Según datos de la SEME, el 65% de los procedimientos se realizan por profesionales no cualificados y un 20% se llevan a cabo en centros no regulados, peluquerías o incluso domicilios.

Dra. Petra Vega: «Actualmente podemos considerar que aproximadamente un 25% de los tratamientos se realizan en hombres, cuando por ejemplo en 2012 no llegaba a un 12%»

El Dr. Sergio Fernández Mesa, vicepresidente segundo de la SEME, ha advertido de que muchos pacientes no perciben el riesgo real de estas prácticas. «Muchos pacientes no son conscientes del riesgo porque asocian la medicina estética a lo que sería la estética sin medicina. Cuando hablamos de medicina estética estamos hablando de medicina. Muchas veces nos saltamos esa palabra y pensamos solamente en el apellido, pero en este caso el nombre importa». El especialista ha recordado que los tratamientos estéticos son actos médicos que implican la administración de fármacos o sustancias en el organismo.

El problema se agrava cuando los pacientes acuden a centros no autorizados atraídos por precios más bajos o por la rapidez del procedimiento. «Si yo quiero hacerme un tratamiento con toxina botulínica tengo que entender que la toxina botulínica es un fármaco. Un fármaco no puede ser administrado en la casa de una amiga».

Para el psicólogo, comprender las motivaciones que hay detrás de estas intervenciones es clave para evitar frustraciones o decisiones precipitadas. «En definitiva, antes de intervenir sobre el cuerpo, es esencial preguntarse qué síntoma estamos intentando eliminar y cuál es su origen. Cuando solo trabajamos sobre la forma sin explorar el fondo, el malestar puede reaparecer bajo otra apariencia», concluyó Roel García Serrano.

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