El Perú no vota en un vacío. Vota en el centro exacto de una reconfiguración geopolítica hemisférica que Donald Trump está conduciendo con una claridad ideológica que no se veía en Washington desde la Guerra Fría. Lo que se está construyendo en América Latina con las recientes elecciones de gobiernos desde el centro derecha hasta la ultra derecha, no es una tendencia electoral pasajera: es un bloque anticomunista occidental que tiene en Washington su centro de gravedad, y Perú es la pieza que falta en ese tablero.
Entender eso es ver por qué una potencial segunda vuelta entre Fujimori y el comunista Sánchez es cualitativamente distinta a cualquier balotaje peruano anterior. Cuando Castillo enfrentó a Fujimori en 2021, el viento soplaba en dirección contraria: Venezuela y Cuba operaban con plena capacidad de proyección regional, el socialismo del siglo XXI tenía momentum ideológico en el continente y Washington estaba en un ciclo de política exterior permisiva hacia los gobiernos de izquierda latinoamericana. Hoy con Venezuela y Cuba colapsadas internamente, sin capacidad de influencia ni financiamiento al bloque Bolivariano de los gobiernos afines, ese ecosistema no existe más. El Departamento de Estado ha dejado claro cómo se relacionará con cada gobierno de la región. Pensar hoy que el comunismo es una mejor alternativa a la derecha en Perú es no vivir la realidad actual. Aquellos que piensan lo contrario olvidan que ese viento de popa que tuvo Castillo en el 2021 no soplará más.
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Para cualquier actor económico que lea el tablero hemisférico con lucidez y sin rencores mezquinos, sabe que un gobierno de Sánchez nos dejaría fuera del bloque que Washington está construyendo activamente. Perú tiene un TLC vigente con Estados Unidos, depende estructuralmente del FMI y del Banco Mundial, y recibe fuerte inversión directa en sus sectores más estratégicos.
Ningún fondo de inversión con exposición al mercado peruano puede ignorar lo que significa gobernar en tensión con la administración Trump en este momento. Ese cálculo frío, que no aparece en ninguna encuesta pero opera con eficacia brutal en los mercados y en las élites económicas, se traduce en respaldo político, financiamiento de campaña y cobertura mediática. Todo ello fluye hacia el rechazo a la izquierda estatista y amenazante de la democracia.
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El factor Castillo merece un análisis más honesto que el que suele hacerse. Una encuesta de IPSOS de abril de 2025 revela que mientras en 2023 el 51% creía que Castillo intentó un golpe de Estado, para 2025 esa cifra cayó a 33%, y el 59% cree que fue el Congreso quien propició el quiebre constitucional. Ese dato es real y tiene consecuencias electorales reales: para ese segmento del electorado, mayoritariamente rural y del sur, Castillo no es un lastre sino un mártir, y el apoyo de su entorno a Sánchez es señal de credibilidad, no de toxicidad. Sánchez lo entendió antes que nadie, hizo la Ruta Castillista y cosechó votos de primera vuelta. El error analítico está en tratar ese fenómeno como una anomalía o como ignorancia: es una lectura política coherente de un electorado que vivió el gobierno de Castillo de manera radicalmente distinta a como lo vivió Lima.
Sin embargo, la segunda vuelta no se gana en el sur. Se gana en Lima y en las ciudades intermedias, donde la memoria del castillismo tiene contenido completamente distinto: corrupción documentada, inestabilidad institucional permanente, gabinetes mediocres y de escándalo y un intento de golpe de Estado que el 41% del electorado sigue atribuyéndole a Castillo. Ese 41%, concentrado en los segmentos urbanos y que pesan en la decisión del voto, verán en la promesa de Sánchez de indultar al golpista -de lograr éste colarse al balotaje- como una señal de alarma imposible de ignorar, viéndolo de la facción anti izquierda que se vea. pues representa la ruptura del orden democrático y eso lo debe tomar en cuenta tos aquel que defienda la estabilidad democrática en nuestro país. Frente a ese aún incierto escenario, Fujimori llega a la segunda vuelta siendo la mejor versión de sí misma. Su antivoto disminuyó 10 puntos desde febrero, resultado de una moderación deliberada y sostenida de discurso. Tiene el piso de voto duro más alto y la mejor maquinaria territorial del país, y por primera vez en su historia electoral el contexto geopolítico juega explícitamente a su favor.
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El odio, el rechazo y el miedo no deben decidir, no podemos dejar espacio a la ideología de hambre y retraso que lamentablemente el sur ha comprado de la izquierda. Por lo tanto esperemos que el resultado que estamos esperando coincida con esa decisión del país de centrarse en elegir un camino de estabilidad y crecimiento al margen de nuestras simpatías. Lo que esta elección representa es algo más grande que dos candidatos: es el puesto del mapa hemisférico que ocupará el Perú en los próximos cinco años. Con los nuevos giros de los gobiernos de la región, sumados a Trump en Washington, el bloque anticomunista occidental en América Latina tiene ya una forma concreta y una agenda compartida de la que el Perú debe ser parte protagónica y solo dos candidatos defienden ese objetivo.












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