La polarización política que trajo a Pedro Castillo y José Jerí, por Iván Arenas | OPINION

Atentos a Recambio. Una asociación civil dirigida por Augusto Townsend y Gabriela Vega. Nos invitaron a un grupo de “actores” con distintas formas o ideas de entender el país y la democracia. La discusión de fondo fue, a juicio del suscrito, cómo entender y encontrar soluciones, diálogos, temas, con el fin de evitar una polarización política aguda que coloque al país al borde la ingobernabilidad total. El Perú es hoy un país políticamente ingobernable, pero que gracias al “factor económico” (Julio Velarde) aún no se quiebra. Uno de los grandes problemas es que el rompecabezas de la gobernabilidad no puede organizarse ni desde el Ejecutivo ni desde el Congreso. Aunque la reunión de Recambio fue semanas atrás, los temas de las discusiones no han cambiado.

Ahora bien, los historiadores podrían llamar a todo este ciclo de polarización extrema como el “ciclo anárquico”, en el que –en el colmo de la exageración– ocho personas se pusieron la banda presidencial (en una década), amén de golpe de Estado, cierres sucesivos del Congreso, censuras, vacancias, judicialización de la política, espectáculos fiscales. Jaime de Althaus hace una fina explicación sobre el “ciclo anárquico” también.

¿Pero cuándo empieza ese “ciclo anárquico”? Como siempre, hay interpretaciones, aproximaciones y juicios. Algunos creen que este ciclo empieza en el 2016, cuando Keiko Fujimori no reconoce o reconoce mal el triunfo de PPK; y con su aplastante mayoría de 72 congresistas deciden romper fuegos contra el gobierno de un presidente que gobernaba desde la piscina de un club, flanqueado por la “prensa caviar”, según el relato naranja. El Perú vio cómo dos expresiones de la derecha nacional –que habrían podido llegar a un gran acuerdo– se liquidaron.

No obstante, la anterior es una aproximación “psicologista” de todo el asunto. Porque decir que un gobierno como el de PPK se cae por decisión de una persona debido a sus odios o traumas personales (electorales en este caso) es darle un peso inmerecido al individuo “voluntarista” en la historia. Por mucho que Keiko Fujimori quisiera que el gobierno de PPK caiga, la política no funciona así. Más aún si hay poderes económicos, medios, asociaciones, hasta iglesias, redes, etc.

La otra aproximación –a la que me suscribo– es que esto de la polarización aguda de la política se incubó en los primeros años de lo que se llamó el “ciclo de la transición democrática”, desde Valentín Paniagua hacia el gobierno de Alejandro Toledo. Allí apareció el antifujimorismo/fujimorismo, eje central de la polarización de los últimos 25 años. Es más, podría decirse que no hay identidad política más corrosiva, explosiva, tentadora y victoriosa que el antifujimorismo.

A la caída del autoritarismo albertista, esa “transición democrática” (sustentada por un sector de la política, la media y sus ideólogos) se organizó a imagen y semejanza de la española o la chilena, pero fue –valgan verdades– la “política de la revancha”. La imagen aquella de tres congresistas fujimoristas expulsadas por el Congreso toledista y sus satélites representa el intento de exclusión a ese fujimorismo de la “mochila pesada” (que luego se transformó en el poderoso Fuerza Popular), pero ha perdido todos sus combates presidenciales.

Aunque hubo un momento donde esa polarización pareció reducirse, cuando Alan García gana “ideológicamente” a Ollanta Humala; pero el tema continuó por una razón sencilla: el fujimorismo había avanzado a convertirse en el partido dirigente. No hay nada que se cambie sin anuencia de la fuerza naranja.

Pedro Castillo primero, José Jerí después. El primero fue el presidente más básico de la historia y el segundo quien desaprovechó liderar el “cambio político” por preferir las veleidades del poder. En el interregno Martín Vizcarra, Manuel Merino, el desprestigio del Congreso, la inseguridad ciudadana, la minería ilegal, los escándalos de corrupción. El detalle es que la polarización extrema va a continuar.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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