FILBA 2026 | Leer en Buenos Aires, por Alonso Cueto | Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

La soledad de actividades como escribir y leer se compensa con las ferias de libros. No es de extrañar que la de Buenos Aires, que acabo de visitar, ocupe un lugar destacado. El culto a la lectura es parte de los barrios de la ciudad. De cada cien mil habitantes hay 25 librerías, con un total de 450. Según el Foro de Ciudades Culturales, esta cifra supera a la de Berlín, Ámsterdam y Madrid.

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Con el Perú como invitado especial, la feria recibió una numerosa delegación de escritores, editores y gestores culturales. Hay que agradecer a los organizadores del Ministerio de Cultura (entre ellas Jade García y Carina Moreno) que nuestra presencia resultara nutrida y variada, incluyendo a músicos tan notables como Maria Elena Pacheco. Lo mismo puedo decir de las actividades de Penguin Random House y de la Cátedra Vargas Llosa. En el homenaje a Mario Vargas Llosa, se leyeron con mucha emoción pasajes de su vida, desde su testimonio de cuando aprende a leer hasta que recibe el Premio Nobel. En la introducción al evento, Álvaro Vargas Llosa se refirió a un poema de W. H. Auden sobre la muerte de Yeats. En esas líneas, a propósito del gran poeta irlandés, Auden afirmaba que “las palabras de un hombre muerto – se modifican en las entrañas de los seres vivos”. Cada uno de los lectores de Vargas Llosa sigue dialogando con él, solo que ahora en la intimidad de cada relectura. Una ovación del público selló la presencia del relato de una vida.

En el homenaje a Alfredo Bryce, por otro lado, la conversación giró en torno al humor (cervantino, dijo Renato Cisneros) como una coda de ironía a la generación de novelistas anteriores. También apareció la voz de Bryce contando otra vez algunas de sus historias. Según una de ellas, él iba de joven al cine Drive-In, que quedaba en la avenida Javier Prado. El ecran del cine estaba, sin embargo, en muy mal estado. Por eso, según contaba, si bien se proyectaban películas románticas, o de acción, en realidad todas las películas eran de suspenso: nadie sabía en qué momento el ecran del cine iba a venirse abajo.

Caminar por una ciudad es una aventura infinita. Uno puede ver las caras de gente tan diversa, desde los mendigos que se acercan hasta las de los hombres y mujeres trajeados que arrasan la acera con un maletín impecable. Camino en un día de sol tibio por el barrio de Belgrano con dos amigos queridos y admirados, los escritores argentinos Pablo de Santis y Guillermo Martínez. Allí están las casas distinguidas con fachadas de piedra, la plaza Castelli donde se encuentra el Monumento a la Maternidad. Guillermo me recomienda un libro de cuentos de Luis Sagasti que compró en una librería de barrio, Caleidoscopio. En el relato, Manta Boreal, un viejo profesor de Filosofía, se entera de que el hijo del molinero, casi en las afueras de la ciudad, “había dado con el Ser”. Menudo descubrimiento contado en un cuento tan sugestivo.

En medio de la celebración, aparece una noticia dura: la muerte de Adolfo Aristarain, el gran director de cine argentino. A una pregunta sobre su filme “”, dijo alguna vez: “Mi película habla de que merece la pena vivir por la gente que queremos”. Es la misma razón por la que se leen y escriben los libros (y se visitan las ferias).

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