La popularidad que viene alcanzando Claude, la inteligencia artificial de Anthropic, no es solamente una moda tecnológica. Es la evidencia más clara de que estamos entrando –sin pedir mucho permiso– en lo que varios economistas ya llaman “la economía de la IA”.
Durante años hemos hablado de la inteligencia artificial como quien habla de un capítulo de “Black Mirror”: algo impresionante, sí, pero todavía lejano. Hasta que un día la IA empezó a redactar informes, corregir contratos y producir análisis estratégicos –con una profundidad alucinante– en segundos. Ahí la conversación dejó de ser ciencia ficción y se volvió económica: productividad, competitividad y mejor PBI.
Pero aquí aparece la primera gran ironía de esta nueva economía: que millones de personas usen IA no significa automáticamente que los países crecerán más rápido. La IA es una tecnología de propósito general. Funciona como Internet o la electricidad: transforma todo, sí, pero solo cuando existen las condiciones adecuadas alrededor. Porque el verdadero cuello de botella no es ya el acceso al algoritmo, sino el acceso a una organización inteligentemente flexible. El problema no es tener Claude, sino no saber qué hacer –bien– con Claude.
Las empresas que realmente están capturando valor no son las que compran más tokens de IA, sino las que rediseñan procesos, reorganizan equipos y entienden que la productividad no mejora por arte de magia. La IA no arregla jefaturas caóticas ni reuniones eternas que pudieron ser un correo. En el mercado laboral también estamos viendo un cambio menos hollywoodense y mucho más sustancial. Entonces, la IA no parece venir a reemplazar trabajos completos de un día para otro, pero sí está redefiniendo tareas en cada ocupación. Por ejemplo, algunas posiciones ya están multiplicando su productividad y eficiencia (hacer más con menos), mientras otros empiezan a sentir que el piso se mueve debajo de sus pies porque la tarea fundamental la hace rápido y con gran solvencia Claude. Es el caso de los que trabajaban en los insumos de conocimiento considerados para crear informes, consultas y, por qué no decirlo, el plan estratégico de fin de año.
Y aquí aparece la parte más incómoda del reciente Anthropic Economic Index: quienes mejor aprovechan herramientas como Claude son quienes ya ocupaban los segmentos más especializados y mejor pagados del mercado laboral. Los llamados ‘early adopters’, los trabajadores más asiduos a la innovación y lo digital. Los verdaderos trabajadores del conocimiento. Pero el “Index” de Anthropic revela otro asunto que pocos están ponderando bien: son los profesionales con más experiencia, criterio previo y ‘seniority’ los que mejor están interactuando con la IA cuando le agarran el hilo a la nueva disciplina del momento: el ‘prompting’.
Los economistas de la IA llaman a esto “cambio tecnológico sesgado hacia las habilidades”, para explicar que una tecnología como Claude dispara la productividad de quienes ya estaban preparados, mientras amplía la distancia respecto de quienes llegan tarde a la curva de aprendizaje. Entonces, hay que acortar la llamada “curva de aprendizaje” o lo que nos toma dominar cómo sacarle provecho a la IA.
En otras palabras, en la nueva economía de la IA, “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. Y quizás por eso, frente a Claude, si bien es importante saber escribir una secuencia de iteraciones coherentes –promptear–; lo verdaderamente sustancial es saber iniciar una conversación transmitiendo criterio y experiencia. Después de todo, la gran paradoja de esta nueva economía es que el commodity sea el algoritmo y lo más escaso el buen juicio.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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