La apuesta por una nueva economía, por Carlos Contreras Carranza | La riqueza de las naciones | Adam Smith

Este 2026 se cumplen 250 años de la aparición en Londres de uno de los libros más influyentes del orden mundial, tal como lo conocemos. Su autor fue el filósofo escocés Adam Smith y su título era algo largo, como se estilaba en dichos tiempos: “Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”.

El libro hizo un elogio de la especialización del trabajo y lo que era su complemento: el comercio. Ambos eran los elementos centrales de una nueva economía, que debía sustituir al viejo modelo de la autarquía. Hasta el momento de la publicación de la obra de Smith, las unidades económicas, que eran principalmente organizaciones sociales, y los países en su conjunto, producían primordialmente aquello que requerían para su propio consumo. Ninguno dejaba, por ejemplo, de producir alimentos, sobre todo los que componían su dieta principal. La producción para el mercadeo era complementaria y ocupaba una parte menor de sus esfuerzos.

Se vivía quizás modestamente, pero no se dependía de los demás para asegurar la subsistencia. Sin embargo, en diversos lugares, ubicados sobre todo en las regiones de Europa, Asia y América más expuestas al comercio, fue creciendo la tendencia a la especialización de los productores. Que uno se concentre en un solo tipo de producto, por ejemplo, fabricar zapatos, implicaba que debía confiar en el mercado para la adquisición de los alimentos y demás elementos del consumo cotidiano. Era una apuesta riesgosa. Especialmente porque el comercio no era por entonces la actividad saludable y bienvenida en que se convirtió después, sino una práctica dudosa a la que los gobiernos más vigilaban que promovían. Fuertes impuestos, controles y prohibiciones limitaban el flujo de los productos, tanto entre las naciones y los continentes, como dentro de los propios países.

“La riqueza de las naciones” fue un poderoso ariete contra el régimen de prohibiciones, monopolios y gravámenes que obstaculizaban el comercio. En sus 900 páginas, Smith compuso un himno de las bondades del comercio, reseñando cómo a través de la historia los pueblos de diferentes partes del mundo habían aumentado su riqueza y bienestar, facilitando los intercambios y animando la especialización de los hombres y las regiones en aquello que hacían mejor. Presentó como enemigos de esta nueva economía a la voracidad de los Estados que habían hecho del comercio y el monopolio de las rutas y productos “estratégicos” su asidero fiscal más socorrido.

Entretenido de leer y fácil de comprender, el libro de Smith fue traducido pronto a otros idiomas. Ya en 1794 apareció en España una traducción completa hecha por José Alonso Ortiz, quien debió suprimir y adecuar ciertas partes a fin de sortear la rígida censura de entonces (estratégicamente, Ortiz dedicó la traducción al primer ministro del régimen español, Manuel Godoy). Esta edición llegó al Perú, poco después, como quedó registrado en las aduanas de la época.

El libro incluye varias referencias al Perú. La mayor parte, poco amables. Smith consideraba que la falta de arados, hierro y moneda de la civilización prehispánica era prueba de su rusticidad. Juzgó que los pueblos americanos con los que se toparon los europeos vivían en un grado de atraso mayor que los de la China, Japón o India, y tomó por “pura fábula” de los escritores españoles la tesis de una civilización avanzada y populosa en esta parte del mundo. Consideraba que el régimen de los españoles había traído una mejora de la economía americana, pero que los impuestos que cobraban a los productores, especialmente a los mineros, resultaban excesivos y contraproducentes.

Smith dijo alto y claro lo que en esa coyuntura convenía a las élites al comando de la nueva economía: mayor libertad para sus negocios y seguridad para sus inversiones. La clave para el éxito de una obra suele ser esa coincidencia con lo que los hombres influyentes del momento están ansiosos de escuchar.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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