Vladimir Cerrón se alista para dejar la clandestinidad. Durante dos años y medio convirtió un mandato judicial en letra muerta y se burló de un sistema que ahora lo premia. Gracias a los votos de cuatro magistrados, volverá a caminar por las calles sin cuidarse las espaldas. Nadie ha declarado su inocencia, pero él promoverá esa narrativa. La decisión del Tribunal Constitucional que anula la orden de prisión en su contra es una recompensa a la impunidad. Luego de casi tres años, quien tiene que dar explicaciones no es el fugitivo sino la justicia. Y es un mensaje alentador para cualquiera que pretenda evadir la acción de la ley.
Vladimir Cerrón se alista para dejar la clandestinidad. Durante dos años y medio convirtió un mandato judicial en letra muerta y se burló de un sistema que ahora lo premia. Gracias a los votos de cuatro magistrados, volverá a caminar por las calles sin cuidarse las espaldas. Nadie ha declarado su inocencia, pero él promoverá esa narrativa. La decisión del Tribunal Constitucional que anula la orden de prisión en su contra es una recompensa a la impunidad. Luego de casi tres años, quien tiene que dar explicaciones no es el fugitivo sino la justicia. Y es un mensaje alentador para cualquiera que pretenda evadir la acción de la ley.
Al contrario de lo que algunos temen, la salida de Cerrón de la clandestinidad no tendrá mayores repercusiones políticas. Solo será un nuevo triunfo de la sinvergüencería sobre la justicia. El exprófugo no será el temible actor político que desestabilizará al próximo gobierno. Ya no será un digitador desde las sombras sino un simple comentarista de la coyuntura con bastante tiempo libre. Dejará el escondite, pero seguirá haciendo lo que hizo cuando estuvo fugitivo: difundir en redes sociales análisis que generarán más indiferencia que interacciones.
Su capacidad para ser un actor relevante ha quedado reducida al pequeño círculo de un partido que perdió la inscripción. Sus últimas cuotas de poder se agotarán en dos días cuando culmine el gobierno de José Balcázar. Sus expectativas electorales personales tampoco son auspiciosas. Para la mayoría de los ciudadanos, el líder de Perú Libre no es más que un bribón con suerte que supo evadir a la justicia gracias a una red de contactos políticos que ya no tendrá en el próximo quinquenio.
La izquierda radical ya no gira en torno a su figura. Nuevos liderazgos asoman en un Congreso en el que ya no tendrá representantes. La única esperanza de sobrevivencia política de Cerrón es encontrar o fabricar a un nuevo Pedro Castillo. Y conformarse con el rol de ventrílocuo.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.
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