Una política exterior para el crecimiento , por Mercedes Araoz

Cuando pensamos en las prioridades del próximo gobierno solemos hablar de seguridad ciudadana, empleo, salud, educación o inversión. Rara vez incluimos la política exterior. En el mundo actual, una buena política exterior puede generar más crecimiento e inversión, mejores empleos y oportunidades. Una mala, en cambio, puede aislarnos cuando el entorno internacional se ha vuelto más incierto y competitivo. La geopolítica ha dado paso a la geoeconomía. La rivalidad entre EE.UU y China ya no se expresa únicamente en el terreno militar o diplomático; se libra también a través del comercio, la tecnología, la energía, los minerales críticos, la IA, las cadenas de suministro y las inversiones estratégicas. Las decisiones económicas se han convertido en instrumentos de poder.

Para una economía abierta como la peruana, esta nueva realidad no constituye un fenómeno lejano. Influye en el precio del cobre, en las inversiones mineras, en las oportunidades para la agroexportación, en el turismo, en el acceso a tecnologías, en la capacidad de las empresas para integrarse a las cadenas globales de valor y en el bienestar de los peruanos. Durante más de tres décadas, el Perú siguió una política de inserción internacional consistente. Apostó por la apertura económica, fortaleció su estabilidad macroeconómica y construyó una red de acuerdos comerciales y de inversión que hoy conecta al país con las principales economías del mundo. Esa estrategia permitió diversificar mercados, atraer capitales, impulsar exportaciones y convertirnos en una de las economías más integradas de América Latina. Ese legado no debe abandonarse. Debe evolucionar.

La nueva geoeconomía exige que la política exterior deje de entenderse como un ejercicio principalmente diplomático y se convierta en una política de desarrollo. Ya no basta con negociar acuerdos comerciales. El Perú necesita participar en la construcción de las reglas que gobernarán la economía del siglo XXI: la economía digital, IA, servicios, minerales estratégicos, transición energética, seguridad alimentaria y nuevas cadenas globales de suministro. Eso exige abandonar un debate tan simplista como recurrente: ¿debemos acercarnos más a EE.UU o a China? La verdadera pregunta es cómo construir relaciones sólidas con ambos, al mismo tiempo que profundizamos nuestros vínculos con Europa, Japón, Corea, la India, el Sudeste Asiático y Latinoamérica. La política exterior de un país no puede basarse en simpatías ideológicas ni alineamientos automáticos. Debe responder al interés nacional.

Ese interés nacional nos obliga a defender un sistema internacional basado en reglas. Para países de la dimensión del Perú, el derecho internacional, la Organización Mundial del Comercio y los acuerdos regionales constituyen mecanismos que reducen la incertidumbre, limitan la arbitrariedad y permiten que los países pequeños puedan competir en mejores condiciones frente a economías más grandes. Por eso debemos seguir fortaleciendo nuestra participación en espacios como APEC, el CPTPP y la Alianza del Pacífico.

Pero una política exterior moderna no puede descansar únicamente en la cancillería. Debe convertirse en un esfuerzo entre RR.EE., el MEF, Mincetur, Produce, Midagri, Minem, Pro Inversión, Prom-Perú, la academia y el sector privado. Cada embajada y OCEX debería contribuir a atraer inversión, abrir mercados, facilitar innovación, promover turismo e identificar oportunidades para las empresas. Esa es la diplomacia económica que practican los países más exitosos.

Ninguna fortaleza será suficiente si dejamos de ofrecer aquello que hoy buscan inversionistas y socios estratégicos: estabilidad, instituciones previsibles y respeto por las reglas. En la economía internacional existe un activo muy importante: el capital reputacional de un país. De él dependen las decisiones de inversión de largo plazo, la disposición de otros gobiernos a construir alianzas y la confianza para desarrollar proyectos conjuntos.

La oportunidad del próximo gobierno consiste en fortalecer ese activo. No para convertir al Perú en un espectador de la competencia entre potencias, sino en un socio confiable para ellas. Un país que dialoga, construye puentes, defiende reglas y proyecta estabilidad. Porque la mejor política exterior no es la que acumula más visitas oficiales o más declaraciones conjuntas. Es la que contribuye a que la economía crezca, las empresas inviertan, los trabajadores encuentren mejores oportunidades y el Perú amplíe su influencia mediante aquello que ningún arancel puede sustituir: la credibilidad.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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