Una cirugía mayor a la democracia , por Anthony James Ramos Vargas

Nuestra democracia no necesita de una cirugía ambulatoria; necesita de la precisión de una “cirugía mayor” y del equipo indicado para hacerlo, porque lo que padece es una enfermedad que no se quita con esporádicos tratamientos moralistas. Este tipo de mal que hemos heredado lo conocemos por el daño institucional y el deterioro moral que causa, y que parece estar en nuestro ADN desde que somos una república.

Sin embargo, insistimos en mirar hacia otro lado, como si la corrupción fuera un hecho aislado y no notáramos que se ha convertido en algo sistemático, del que aún no tenemos un diagnóstico completo. Una verdadera lucha no pasa únicamente por cambiar autoridades, sino por redefinir las reglas del juego democrático. La corrupción tiene que ser extirpada de raíz o, al menos, diseccionada para contener su avance, que empobrece nuestra sociedad y sepulta a nuestra clase política.

Pero ¿qué le sucede a nuestra democracia? ¿Quiénes son las personas que la construyen? Porque apenas un aventurero obtiene el poder, la viste de autoritarismo o de algo parecido, y la lleva del brazo, toda demacrada, obligándola a convivir con el gobierno de turno, que tarde o temprano terminará fallido.

No se puede posponer más tiempo la “cirugía mayor” de la que hablamos, lo que implica intervenir los mecanismos que han normalizado el abuso del poder, empezando por aquellos que han generado la fragilidad institucional y la manipulación de los sistemas de control. Pero lo más inaceptable es la tolerancia frente a la corrupción. ¿Cómo se le devuelve a la ciudadanía un rol activo en la vigilancia del poder, si unos pocos deciden y el resto solo observa?

Y lo más preocupante es que, en medio de este deterioro, la corrupción parece ser inmune a los tratamientos esporádicos a los que se somete nuestra débil democracia. El Perú no responde a ningún medicamento que limite a los enfermos de poder, y apenas alcanzan las defensas morales para despertar la conciencia de algunos peruanos.

En este escenario, las recientes elecciones no han hecho más que evidenciar que la democracia dejó de ser, hace mucho, real y auténtica, y que ya no bastan los discursos trillados ni las reformas superficiales. Las disputas de quienes se creen dueños de la representación reflejan que la toma del poder, por sucesión o por la fuerza, ha provocado que la democracia se desgaste hasta volverse irreconocible. Las acusaciones de fraude en las recientes elecciones de 2026 —que, al final, son sospechas que nacen de la incapacidad de las autoridades para ofrecer explicaciones razonables— han terminado por erosionar lo poco que quedaba de confianza pública.

Si queremos salvar lo que aún queda en pie, será necesario algo más que una “cirugía mayor” que recupere las bases de la democracia; también será necesario intervenir en la conducta moral de quienes hacen uso de ella. Porque una democracia no se deforma ni se destruye únicamente por el mal uso del poder; también se corroe desde la indiferencia, la tolerancia y la normalización del abuso, sin olvidar la renuncia a exigir rendición de cuentas.

Hoy vemos que nadie está dispuesto a asumir responsabilidad política: ni quienes gobiernan, ni quienes aspiran a hacerlo, ni siquiera quienes, desde distintos espacios de poder, concentran la atención de la opinión pública. La democracia no pertenece a quienes la administran, sino, sobre todo, a quienes la sostienen porque creen en ella. Si no asumimos esta tarea con la urgencia que requiere, tarde o temprano descubriremos —demasiado tarde— que ya no hay nada que salvar. Y cuando esto ocurra, ya no estaremos hablando de una cirugía rutinaria o de urgencia, sino de la pérdida irreversible de algo que conocimos y que hoy aparentamos llevar con nosotros.

No se trata de ser democráticos algunos días y otros no. La democracia no la hacen unos: la hacemos todos. Porque no existen dictaduras tolerables ni dictadores de medio tiempo. Cuando se exige justicia no es por capricho ni por antojo, sino porque la democracia lo exige; y cuando no la hallamos, es porque alguien ha decidido que no se permita.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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