En noviembre de 2025, El Salvador lanzó DoctorSV con una apuesta que merece atención en el Perú: en pocos meses, una plataforma nacional de telemedicina asistida por inteligencia artificial alcanzó más de 1,1 millones de usuarios, cerca de 1,8 millones de citas y alrededor de 18.000 atenciones diarias, con capacidad instalada para 30.000 consultas por día. Financiada por el CAF y desarrollada en alianza con Google, DoctorSV no es un piloto exitoso esperando permiso para crecer: es una apuesta de Estado desde el inicio. El reciente lanzamiento de su segunda fase, orientada al seguimiento de pacientes crónicos, confirma esa dirección.
La arquitectura del sistema explica su alcance. Los pacientes acceden a atención gratuita por aplicación, teléfono y WhatsApp. Las consultas quedan registradas en una historia clínica electrónica y generan recetas, órdenes y derivaciones dentro de una red nacional de prestadores. Su repositorio compatible con HL7 FHIR permite continuidad del cuidado e interoperabilidad entre redes. La inteligencia artificial apoya el triaje, la consulta y las recomendaciones clínicas, manteniendo la decisión final en manos del profesional tratante.
Lo que hace a DoctorSV relevante no son sus cifras, sino su lógica de diseño. En una región donde la innovación en salud rara vez sobrevive como política pública, El Salvador combinó tres componentes que raramente convergen: decisión política de escala, infraestructura digital para la continuidad del cuidado y generación paralela de evidencia — con un ensayo previsto para 2026 que evaluará su efecto sobre precisión diagnóstica y satisfacción del paciente. Esto contrasta con un patrón conocido: se ensayan pilotos interesantes, se presentan resultados promisorios, pero cuando llega el momento de escalar el impulso se diluye. No porque la tecnología falle, sino porque el sistema no está preparado para absorberla. El escalamiento no es una ampliación mecánica de cobertura. Es un problema de diseño institucional.
Para el Perú, esta discusión es especialmente urgente. En 2024, el 5,3% de los peruanos tenía diabetes y el 14,2% hipertensión diagnosticada. Pero el problema no es solo la prevalencia: es la brecha de control. Apenas el 65,5% de las personas con diagnóstico de hipertensión recibió tratamiento continuo en los últimos doce meses, y en diabetes la cifra fue de 72,6% — por debajo de los niveles de 2019. Entre tres y cuatro de cada diez pacientes diagnosticados no están siendo atendidos de manera sostenida. El modelo presencial, episódico y fragmentado no logra resolver ese déficit.
Frente a ello, existe una respuesta concreta en marcha. El Ministerio de Salud, con apoyo de KOICA, viene implementando un proyecto de telemonitoreo para pacientes con diabetes e hipertensión mediante glucómetros digitales y tensiómetros conectados que transmiten información continua a una plataforma de monitoreo. El objetivo es asegurar adherencia al tratamiento y detectar precozmente cualquier deterioro clínico. La evidencia internacional respalda esta dirección: intervenciones de telesalud y telemonitoreo mejoran consistentemente el control glucémico en diabetes y producen reducciones clínicamente relevantes de la presión arterial en hipertensión.
El desafío no es demostrar que estas tecnologías pueden funcionar. La evidencia ya existe. El desafío es saber si pueden funcionar en las condiciones reales del sistema de salud peruano, y qué se necesita para que escalen más allá del piloto. Esa pregunta requiere evaluación rigurosa: no solo de eficacia, sino de aceptabilidad, factibilidad, seguridad y sostenibilidad en contexto.
Ese es el vacío que urge cubrir. El Perú carece de una capacidad institucional sistemática para decidir qué innovaciones deben probarse, cómo evaluarlas y bajo qué condiciones podrían escalarse. Sin esa capacidad, los pilotos prometedores se acumulan sin traducirse en política pública. Por eso resulta pertinente impulsar, en el Instituto Nacional de Salud, una Unidad Funcional de Gestión de Innovaciones con tres funciones: identificar y sintetizar evidencia para orientar prioridades; diseñar y acompañar pilotos evaluando no solo eficacia sino condiciones de escalamiento; y traducir hallazgos en recomendaciones concretas para los tomadores de decisión. En términos operativos: institucionalizar un ciclo continuo de prueba, evaluación, adaptación y decisión — no para frenar el escalamiento, sino para acelerarlo con menos riesgo.
El Salvador apostó por desplegar a escala nacional desde el inicio y construir evidencia en paralelo — una ruta disruptiva que demuestra que en la región sí es posible dar saltos transformadores en salud digital. Sus lecciones servirán al Perú. Pero nuestra ruta puede ser igualmente ambiciosa: evaluar con la intención explícita de escalar, generando la evidencia que los decisores necesitan para apostar con confianza por la inteligencia artificial y otras innovaciones digitales. El objetivo final no es tecnológico: es un sistema de salud con mejor conectividad, datos de calidad e interoperabilidad real, capaz de reorganizar sus procesos en torno al paciente y hacer llegar servicios más oportunos a quienes hoy no los reciben.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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