Una carrera de fondo

Una mañana de julio de 2019, aquejado por una vesícula que pedía a gritos ser extirpada, desentrañé un misterio que me había acompañado desde el inicio de mis días: tengo un solo riñón. Esta inusual circunstancia, en términos médicos, se conoce como agenesia renal unilateral y se presenta, según diversas estimaciones, en uno de cada 1000 nacimientos. Yo había pasado más de cuatro décadas en la más completa ignorancia, sin señal o malestar alguno que me lo indicara.

El hallazgo, como es de esperar, me sumió, por varios minutos, en el más completo desconcierto. Mientras me encontraba en plenos preparativos para que se sacaran la vesícula, por primera vez en mi vida, me sometía a lo que quizás resulta muy familiar para cualquier mujer que haya tenido un embarazo: una ecografía abdominal.

El procedimiento empezó, como es de rutina, con el tecnólogo médico pasando el detector a la altura de mi abdomen. Yo, echado, sentía el gel frío y observaba señales opacas, indescifrables para mí, en el monitor. El detector, como en una pista de patinaje, se deslizaba de un lado al otro. De pronto, se detuvo unos centímetros debajo del corazón, donde, al parecer, insistía en encontrar algo que no hallaba.

Perplejo, el tecnólogo resbaló el detector hacia la espalda. Me sentí como un aparato viejo y pesado al que volteaban para acomodarlo mejor. Impaciente, pregunté: “¿todo bien?” La respuesta me arrastró hacía el desconcierto: “Es que no encuentro un riñón…. ¿Lo han operado antes?”.

En mi vida, solo había experimentado una operación ambulatoria, por tanto, hablar de un riñón era hablar de ligas mayores, ligas en las que, obviamente, nunca había jugado. “No”, respondí, cortante, con algo de incomodidad. “Bueno, entonces, debe ser usted de esos casos de gente que nace con un solo riñón”, concluyó el médico. “Se trata de un gran riñón, eso sí, muy grande”. Luego, me recomendó ver a un nefrólogo una vez que concluyese con el procedimiento para el que me estaba preparando. Se fue sin decir más, llevándose con sus palabras un riñón que nunca tuve, pero cuya ausencia ya empezaba a extrañar.

Salí de la clínica sin vesícula. A los pocos días, retomé el ritmo laboral y continué mi vida como si nada hubiera pasado. Eso podría definirse como la primera etapa: negación. En el ínterin, el entonces presidente Martín Vizcarra anunció el proyecto de ley de adelanto de elecciones, que luego fuera archivado. Unas semanas después, disolvió el Parlamento. Era 30 de septiembre.

Volví a pensar en mi único riñón recién hacia finales de 2019, luego de que dejara el cargo de editor de política en un conocido diario local. Al hacerlo, tomaba conciencia de su rol: filtrar la sangre para eliminar desechos, toxinas y el exceso de agua, produciendo, en consecuencia, la orina. Dado que el trabajo es demandante y no hay posibilidad de vacaciones, la naturaleza ha dotado al ser humano de dos riñones. Cuando uno falta, el otro trabaja el doble.

Al poco tiempo, llegó la pandemia. Fue entonces que la conciencia de mi vulnerabilidad se acrecentó. Un momento, ¿debía definirme así: como una persona vulnerable? Nunca había tenido problemas renales y mis exámenes siempre reportaron un eficiente funcionamiento. Pero contar con solo un riñón reduce, como es sencillo de colegir, todas las funciones implicadas con estos órganos al 50%. Automáticamente, experimenté una súbita molestia conmigo, con el tecnólogo, con el destino que me había así desamparado. Ira: etapa dos.

Pero algo tenía que hacer. No en vano me ocurría esto a mí. Además, había descubierto que era un monorreno que no presentaba mayores complicaciones renales, es decir, dentro de todo, contaba con algo más de suerte que muchos otros. Al poco tiempo, en marzo de 2022, empecé a correr largas distancias, en cerro (trail running) y pista. Me convertí, en consecuencia, un monorreno sano.

Esto me hizo estar más alerta a la situación de quienes enfrentan, dentro de este tipo de situaciones, condiciones más bien adversas. Así, sin darme cuenta, entraba en la tercera etapa: negociación.

Por ejemplo, todos conocemos, dentro del primer o segundo círculo familiar o amical, a alguien que debe practicarse una hemodiálisis. Como sabemos, se trata de un doloroso y costoso procedimiento que, artificialmente, hace lo que naturalmente no pueden hacer los riñones: limpiar la sangre. No obstante, en los hechos, la hemodiálisis reduce a la mitad la productividad de los pacientes. Es por esa razón que cada uno de ellos debe acudir dos o tres mañanas a la semana al centro médico donde se realizan el procedimiento, y pasar ahí entre cuatro y seis horas.

Ciertamente, la hemodiálisis es el caso extremo de la insuficiencia renal crónica. Se llega a ese punto luego de un severo deterioro. En el camino, hay pasos en lo que el detrimento puede detenerse y hasta revertirse. Cabe preguntarse entonces, ¿por qué la salud pública no realiza acciones preventivas? Depresión.

El sistema de salud parece estar diseñado para curar, pero no para evitar una dolencia. Condiciones como la hipertensión, el sobrepeso, el sedentarismo, la diabetes, el tabaquismo, que pueden terminar en la necesidad de someterse a hemodiálisis, son fácilmente identificables y combatibles de manera temprana.

Desde 2006, marzo es el mes internacional del riñón. Su instauración tiene que ver con la creciente conciencia de su importancia. Yo llevo algo más de seis años mirando el tema y mirándome en él. A esa parte de mi vida la llamo aceptación, que, al menos en mi caso, no es lo mismo que resignación ni mucho menos. Por el contrario, cuento mi historia con convicción y alegría, porque busca ser también una invitación a tomar conciencia y a unirse a la lucha contra la enfermedad renal crónica, un camino que seguramente será largo, pero gratificante, como las competencias de fondismo.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *