Esta columna nace antes de saber los resultados electorales. Por ello, toca aspectos puntuales de la campaña y de los retos que afrontarán los ganadores y los perdedores de ayer, domingo 7.
Una de las conductas más reprobables del proceso es el racismo, visible sobre todo en redes sociales. Los calificativos humillantes dirigidos a peruanos andinos impresionan a estas alturas del siglo XXI: “serrano bruto”, “descerebrado”, “llama”, “huanaco”… Quienes insultan consideran a sus compatriotas como entes capaces solo de producir lo básico, no de pensar y menos aún de votar con claridad. Ven en ellas y ellos a personas inferiores y, por tanto, susceptibles de ser animalizadas. Doscientos años después de la independencia, el racismo es vergüenza y es evidencia de que la construcción de una comunidad nacional es tarea pendiente.
Este desprecio, por lo demás, es uno de los principales factores de la polarización actual. La ojeriza frente a Lima tiene un origen político, social y, también, cultural.
Mirando hacia los próximos meses, es de esperar que el país no se encharque en una desgastante disputa acerca de quién ganó las elecciones, como consecuencia de una estrecha diferencia de votos. El JNE y la ONPE deben dar los resultados en tiempos breves, y el perdedor debe aceptarlos sí o sí.
¿Cómo afrontar el reto de salir de la crisis política que empantana al país? Hay dos frentes de preocupación mayor: por un lado, la inestabilidad en las alturas del poder, y por otro, la profunda desconfianza ciudadana hacia los políticos. Cabe recordar, al respecto, la escasa votación de los victoriosos de la primera vuelta: Fujimori, solo 17%; Sánchez, 12%. Sumados: 29%, apenas algo más de la cuarta parte de los votantes.
En fin, no hay solución de corto plazo. Mientras tanto, entre las opciones a la vista están el autoritarismo y la alternativa de pactar. El autoritarismo es costoso, deja huellas imborrables en las personas, en la sociedad y en el propio Estado. La segunda opción es preferible si se constituye en la base de un pacto democrático y de reconstrucción nacional; sin embargo, ¿habrá grupos interesados en asumirla seriamente? Una tercera ‘salida’ es dejar que el Estado y la sociedad se sigan deteriorando, a un costo también incalculable.
Lo cierto, por el momento, es que si, como país, no salimos de esto algo más unidos –menos enfrentados política, social y culturalmente–, lograrlo será cada vez más difícil.













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