Conocidos los resultados extraoficiales a boca de urna de la segunda vuelta electoral en el Perú, con una ventaja promedio ajustada del 1,4% de Keiko Fujimori sobre Roberto Sánchez (50,7% vs. 49,3%), la sentencia universal de no tropezar dos veces con la misma piedra vale tanto para los dos candidatos presidenciales como para la ONPE y el JNE.
Fujimori tiene que evitar caer en cualquier tipo de eventual triunfalismo como Sánchez en cualquier tipo de descalificación de un resultado que por el momento no le favorece. Aún no sabemos lo que puede pasar más adelante en el conteo oficial de la ONPE.
No solo se trata de que la prudencia y la calma reinen en el ánimo y en las declaraciones de las dos principales personalidades en contienda, sino en sus respectivos entornos. Ya hemos visto el escándalo público protagonizado por el exfiscal José Domingo Pérez, amenazando llevar a los tribunales al excandidato Jorge Nieto solo por haber manifestado que en absoluto podría ir del brazo con Juntos por el Perú en tanto este partido sea aliado del Movadef, brazo político de la organización terrorista Sendero Luminoso.
Fujimori y Sánchez deben ser, asimismo, conscientes de que provienen de resultados de la primera vuelta con porcentajes del 17% y el12% de votos válidos, respectivamente, que reflejan una reducida representación social, lo que los obliga a guardar un elevado sentido de responsabilidad respecto de los niveles de poder que en sí mismos encarnan. Ambos saben también que sus fuerzas políticas representadas en el Ejecutivo y en el Congreso tendrán que estar en algún momento más cerca de las necesidades de consenso que de las tentaciones de confrontación.
De mantenerse su ventaja sobre Sánchez hasta el final, ya sea en el nivel ajustado de ahora o más holgado, Fujimori no tendría que repetir gestos de ostentación de poder como cuando obtuvo su aplastante mayoría parlamentaria en el 2016, que luego se evaporaría en la crisis que condujo a Pedro Pablo Kuczynski a renunciar y a su sucesor Martín Vizcarra a disolver el Congreso. Punto de partida de una década política perdida para el país, con la sucesión de ocho presidentes hasta la vacancia de José Jerí y la designación de José María Balcázar por insólita mayoría simple de votos.
De invertirse la ventaja electoral a favor de Sánchez, este tendría que pensar precisamente en su nivel de baja representación neta social para no cometer el mismo error de su mentor Pedro Castillo de convertir la convocatoria a una asamblea constituyente en la única y última razón de ser de su responsabilidad gubernamental. Si Sendero puso un pie en el gobierno de Castillo (Íber Maraví), con Sánchez ha puesto dos en la bancada de Juntos por el Perú en el Congreso.
Después del triste y vergonzoso papel desempeñado en la primera vuelta electoral, la ONPE y el JNE tienen ahora la oportunidad de responder por lo menos a las expectativas de rectificación generadas por ellos mismos, porque para entonces ya habían perdido la confianza ciudadana.
Ni Fujimori está para imponer nada que no calce dentro de los principios democráticos ni Sánchez para desafiar el orden constitucional establecido. Ni ella ni él tienen el derecho de poner al país en un Estado político y social de mayor radicalización. Por el contrario, ambos están en capacidad de ejercer la iniciativa y la voluntad de abrir espacios democráticos compartidos de los que puedan surgir puntos mínimos de acuerdo y consenso.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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