A medida que el 2025 llega a su fin, es un buen momento para hacernos una pregunta importante: ¿cómo podemos ayudar a los pobres del mundo de la forma más eficaz posible?
El intento de las Naciones Unidas por responder a esa pregunta murió este año. Hace una década, el organismo se comprometió con todos a través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: se solucionaría la pobreza, el hambre, las enfermedades, el desempleo, el cambio climático y la guerra para el 2030. Este año, el informe de avances admitió la dolorosa verdad: solo el 18% de los 169 objetivos están en camino de cumplirse, mientras que un tercio se encuentran estancados o retrocediendo.
Poco se habló de estos retos de desarrollo porque el 2025 ya estaba repleto de noticias urgentes sobre geopolítica y economía. La guerra de Rusia en Ucrania, los conflictos en Oriente Medio y el creciente costo de la deuda en los países en desarrollo que dificultó aún más la inversión en salud y educación.
Las naciones ricas recortaron drásticamente los presupuestos de ayuda exterior. Al mismo tiempo, las principales organizaciones de desarrollo desvían ahora más de US$85.000 millones de ayuda hacia proyectos climáticos que buscan aparentar virtud, lo que empobrece aún más el desarrollo básico. La cruda realidad es que en el 2026 habrá aún menos recursos para hacer el bien. Tenemos que dejar de fingir que podemos permitirnos hacerlo todo a la vez, como siguen haciendo los ODS. Pero aún hay formas esperanzadoras de ayudar. Mi grupo de expertos, el Copenhagen Consensus, ha pasado años trabajando con economistas de primer nivel y varios premios Nobel para responder a una pregunta sencilla: dado que el dinero escasea, ¿dónde puede rendir más cada dólar disponible? Nuestra investigación, revisada por pares y publicada de forma gratuita con Cambridge University Press, señala una docena de políticas fenomenales que ofrecen rendimientos sorprendentes incluso en la dura realidad fiscal actual.
Tomemos como ejemplo la nutrición. Aunque más del 8% de la población mundial sigue estando desnutrida, sabemos que ayudar a los niños durante los primeros mil días de su vida, tanto en el útero como durante sus primeros años, puede tener efectos muy positivos con muy poco dinero. Las investigaciones demuestran que cada dólar invertido genera alrededor de US$40 en beneficios económicos a lo largo de la vida, lo que es mejor que la mayoría de las políticas actuales.
O pensemos en la crisis educativa. Poner a los niños frente a tabletas baratas con software educativo una hora al día puede ayudar a cada alumno a aprender a su propio nivel y ritmo. Los planes estructurados para cada clase pueden ayudar a los maestros a enseñar mejor. Estas políticas cuestan solo entre US$10 y US$30 por niño al año, pero pueden duplicar o triplicar la eficiencia general de la escuela.
La lucha contra la tuberculosis y la malaria está perdiendo impulso. Sin embargo, la ampliación del diagnóstico, los tratamientos de seis meses contra la tuberculosis y los mosquiteros tratados con insecticida se encuentran entre las mejores inversiones en salud global.
En total, las 12 políticas costarían alrededor de US$35.000 millones al año, una cantidad insignificante en comparación con los más de US$10 billones necesarios para alcanzar los ODS. Estos US$35.000 millones podrían salvar más de cuatro millones de vidas cada año y mejorar en un billón de dólares anuales la situación de la mitad más pobre del planeta, creando empleos y estabilidad, y haciendo del mundo un lugar más seguro. Eso supone un rendimiento medio de más de US$50 por cada dólar invertido.
Los gobiernos deberían adoptar primero estas políticas de eficacia probada. Los filántropos y el resto de nosotros podemos destinar nuestras donaciones de fin de año a las organizaciones benéficas más destacadas que proporcionan mosquiteros, vitaminas, tratamiento contra la tuberculosis y enseñanza eficaz, organizaciones que logran cien veces más beneficios que las campañas que solo sirven para quedar bien y cuyo impacto es difuso.
La lección para el 2026 es dura pero poderosa: cuando los recursos son escasos, debemos dejar de prometerlo todo y, en su lugar, invertir bien.













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