El pasado domingo fueron las elecciones generales. Tuvimos la oportunidad de votar libremente. La gran cantidad de candidatos presidenciales no pareció –y nunca lo hizo– una forma de representación, sino más bien un mecanismo para que la crisis política continúe.
El pasado domingo fueron las elecciones generales. Tuvimos la oportunidad de votar libremente. La gran cantidad de candidatos presidenciales no pareció –y nunca lo hizo– una forma de representación, sino más bien un mecanismo para que la crisis política continúe.
Por un lado, al haber tantos candidatos por conocer, se le dificultó al peruano tomar una decisión completamente informada, lo que conlleva a que muchos entreguen su voto a la aleatoriedad, apostando por un posible presidente que no conocen y generando un fraccionamiento de los votos que termina beneficiando a los de siempre.
Por otro lado, la cédula de votación parecía diseñada para generar la mayor cantidad de votos nulos o viciados posibles. Y es que no solo para quienes votan por primera vez, sino también para quienes llevan décadas votando, esta cédula de votación es algo nunca antes visto. Cinco columnas interminables que solo generaron nerviosismo y confusión al momento de votar, sobre todo para aquellos con problemas de lectura, como dislexia o analfabetismo.
A manera de conclusión, la erosión de los partidos políticos, sumada al deficiente y poco amigable diseño de la cédula, quizás ha impedido que se transmita la opinión honesta e informada del ciudadano peruano y, con ello, ha traído consigo malestar general e incertidumbres que vivimos hasta el momento en que cierro este texto. Si de algo podemos estar seguros tras estos comicios es que, al final de todo, la crisis política persistirá.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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