El 12 de junio del 2021, días después de la segunda vuelta de ese año, en esta pequeña columna dijimos algunas cosas que hoy queremos recordar. “Si, como las cifras validadas hasta ahora sugieren, Pedro Castillo termina llegando al poder –señalamos en aquella oportunidad–, lo que nos espera a los peruanos no es una administración socialdemócrata o sesgadita hacia la izquierda, sino el intento de implantar en el país un régimen a la venezolana. Si un cierto pudor lo previene a usted de llamarlo comunista, vaya con la denominación que prefiera: socialista, popular, revolucionario… Lo importante será observar cómo camina, cómo aletea y cómo grazna. Si lo hace como pato, no cabrá duda de que es pato. Y si lo hace como el ave rapaz que nos tememos, quedará confirmado que es el pajarraco que veíamos venir volando desde el inicio de la campaña”.
Ilustración: Composición GEC
Hicimos referencia también a los ciudadanos que alimentaban ilusiones consoladoras sobre la base de las proclamas firmadas por el candidato del sombrero en la segunda vuelta o las ofertas de Pedro Francke, y pronosticamos que, tanto él como el doctor Hernando Cevallos, comenzarían pronto a lucir como unos ‘okupas’ a punto de ser desalojados del Ejecutivo. Como se recuerda, los mencionados personajes duraron seis meses en el gobierno.
Citamos, asimismo, algunas afirmaciones que Castillo había lanzado en la plaza pública durante la primera vuelta y que no convenía ignorar. Como, por ejemplo: “Vamos a desactivar en el acto el Tribunal Constitucional y el tribunal siguiente tiene que ser elegido por mandato popular” (14/03/21), o “Si [el Congreso] no está de acuerdo [con una Asamblea Constituyente], tenemos que asumir las facultades presidenciales […]. Yo no lo voy a cerrar, lo va a cerrar el mismo pueblo” (8/04/21). Apuntes, todos, que hoy, en vísperas de una segunda vuelta que nos plantea un dilema similar al que enfrentamos cinco años atrás, adquieren una turbadora vigencia.
Como se sabe, de acuerdo con el texto constitucional vigente entonces y ahora, el presidente de la República no puede convocar a referéndum alguno, y menos para implantar una figura que nuestro ordenamiento legal no contempla, como la de la Asamblea Constituyente. Eso, sin embargo, no desanimó a los que buscaban imponerla ayer y no desanima tampoco a los que buscan imponerla hoy. Castillo anunció durante la campaña del 2021 que él sería respetuoso de la Constitución “hasta que el pueblo lo decida” y terminó ensayando un golpe de Estado un año y cinco meses después de llegar a la presidencia. Un golpe que no por fallido y torpe fue menos golpe.
Sintomáticamente, los que en el actual contexto quieren forzar esa misma figura llaman al mensaje en el que él decretó el cierre del Congreso y la “reorganización” del Poder Judicial, el Ministerio Público, la Junta Nacional de Justicia y el Tribunal Constitucional, una simple “arenga”. Son maquilladores que darían la impresión de estar preparando la cancha para poder pronunciar en fecha cercana su propia arenga. Desde sus orígenes, las Cartas Magnas han tenido por objeto ponerle limitaciones al poder de los gobernantes de turno. Adivinar, en consecuencia, las intenciones de quienes, al tiempo de mostrarse indulgentes con el ‘putsch’ de Castillo, quieren traerse abajo la Constitución que nos rige no es difícil.
Como decíamos, la segunda vuelta de mañana nos coloca ante un trance muy similar al del 2021, y traer a la memoria la tormenta que ocasionaron en esa oportunidad los resultados deja el sabor de estar anticipando la que se desataría otra vez si el nuevo portador del sombrero llegase a Palacio. Es como si tuviéramos recuerdos del futuro. Felizmente, sin embargo, el pasado podrá ser irrevocable, pero el futuro no.











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