Hace algunos días, el presidente Balcázar se refirió a la alicaída situación financiera de Petro-Perú. Un rescate de US$2.000 millones parece inminente, pero su materialización está demorada. Y no es para menos. No se trata solamente de mucho dinero, sino de los ojos de la opinión pública que mira con estupor y sin escepticismo que seguimos tirando el dinero de todos los peruanos al mismo agujero negro.
Varias son las veces que se le ha dado dinero a Petro-Perú. Hasta la fecha, los préstamos que ha solicitado la estatal no cuentan con garantía del Estado. Pero, eso podría cambiar en este nuevo salvataje, lo que significaría un nuevo nivel de preocupación. ¿Qué entidad te presta dinero si estás quebrado? Ninguna seria. Pero, con un garante lo suficientemente robusto, la evaluación cambia.
El dinero es solo un parte del problema. Otra preocupación radica en que hay ya suficientes señales del retroceso respecto a la prometida reestructuración de Petro-Perú que inició la ex titular del MEF, Denisse Miralles. En lo que va del gobierno de Balcázar, Petro-Perú ha tenido tres presidentes de Directorio, y ¡Balcázar es presidente de la República desde el 17 de febrero!
El último líder de Petro-Perú fue nombrado el 2 de mayo y en los últimos dos días se han dado diversos cambios en distintas gerencias de la empresa estatal. Pero el cambio debe ser estructural y con compromisos firmes que nos aseguren que el dinero no se va a malgastar. ProInversión alertó días atrás que las movidas gerenciales representan un riesgo para la reorganización patrimonial de Petro-Perú, pero en este punto, ¿podemos seguir esperando que se dé dicha reorganización?
Si algo ha demostrado la historia reciente de Petro-Perú es que el dinero compra tiempo, pero no gobernanza. Sin reglas claras, directorios estables y una gerencia blindada de la presión política, cualquier rescate será solo un respiro antes del siguiente ahogo. El Gobierno tiene la oportunidad –y la obligación– de condicionar cada sol a metas verificables en eficiencia, transparencia y desinversión de activos no estratégicos. De lo contrario, no estaremos salvando a una empresa, sino cavando un hoyo fiscal más profundo. Y ya no se tratará solo de la crisis de Petro-Perú, sino de la credibilidad del propio Estado peruano.
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