La semana pasada conocí a Cristofer en la Universidad Nacional del Altiplano (UNAP) de Puno. Un estudiante de 18 años de Juliaca que sale de su casa todos los días a las 4:30 a.m. para poder llegar a Puno. Su historia no es excepcional; como él, cientos de miles de jóvenes de las distintas regiones del país enfrentan enormes sacrificios para labrarse un futuro. En algunos lugares, ese esfuerzo es muchísimo más grande que en otros, y la recompensa mucho menor.
En Puno viven 1,2 millones de peruanos. El 83% de los hogares no tiene servicios básicos, luz, agua, desagüe, Internet ni telefonía móvil. La vida en un hogar sin condiciones mínimas se traduce en más horas dedicadas a tareas domésticas y menos oportunidades de desarrollo. Jennifer, también estudiante de la UNAP, lo sabe bien. Sus padres apenas llegaron a tercero de primaria, pero ella está decidida a convertirse en economista. Uno de sus profesores fue alumno de los ‘Chicago Boys’ cuando hacía su maestría en Santiago.
Hoy estamos a menos de un mes de elegir a quien gobernará el país los próximos cinco años. Las dos propuestas son radicalmente opuestas. Una sabemos que podría generar mucho mayor crecimiento económico y seguridad jurídica, y con ello una mayor reducción de pobreza y, si lo hace bien, cerrar las brechas de acceso a servicios. La otra es una receta fallida que ya conocemos. Pero hoy es cuando –en lugar de cuestionar por qué hay personas que no piensan como nosotros y creen que por eso son limitados, poco inteligentes o simplemente egoístas y malas personas– valdría la pena hacer el esfuerzo de entender su realidad. Pero sobre todo de recordar que tenemos una gran tarea pendiente con 8,8 millones de peruanos que aún viven en pobreza.
En el 2025 logramos reducir la pobreza a 25,7%, y si bien esto es una buena noticia, es insuficiente porque seguimos aún cinco puntos porcentuales por encima de las cifras de pobreza prepandemia. Y sobre todo porque quienes escapan de la pobreza permanecen atrapados en la vulnerabilidad. ¿Pero qué es la pobreza? Es la incapacidad que tiene una persona de alcanzar un nivel de vida mínimo. Hoy, en el Perú, 1 de cada 4 peruanos está en esa situación. Es decir, gana menos de S/462 al mes o, para un hogar de cuatro personas, menos de S/1.848.
La única forma de reducir la pobreza es a través del crecimiento económico. Sobre esto no hay dudas. Y el motor del crecimiento es la empresa privada. Pero en nuestro país, el 99,7% de las empresas son mypes, que tienen una baja productividad en comparación con las empresas más grandes y formales, con bajos sueldos y que en su mayoría (87%) se desarrollan en la informalidad. Esto nos muestra que el Perú es un país de empresarios y emprendedores. Que queremos crecimiento y desarrollo. Pero para lograrlo necesitamos hacer reformas estructurales en el país. Reformas que están pendientes desde los noventa.
Necesitamos entender el país, a los peruanos, la pobreza y las barreras que el mismo Estado tiene para poder cumplir con su rol. El Banco Mundial ha encontrado que el 45% de los proyectos de inversión pública en nuestro país se abandonan. Y aunque el Perú es un país donde hay pobreza, no es un país pobre. Cuando escribíamos “Los 10 números que todo peruano debe conocer”, mi coautor, Roberto Chang, encontró que con solo un sexto del presupuesto nacional no utilizado podríamos erradicar la pobreza.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.











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