Peruano, respira

Hace algunos años vi, en la Alianza Francesa, “Pulmones”, la obra de Duncan Macmillan. Recuerdo impresionada a los talentosos Fiorella Pennano y Renato Rueda casi sin escenografía, sosteniendo con el cuerpo y la palabra una angustia existencial que se volvía física. Una pareja se preguntaba si era responsable traer un hijo al mundo en medio de la incertidumbre climática, económica y moral. No era solo una discusión sobre maternidad o paternidad; era la respiración entrecortada de una generación que quiere hacer lo correcto y no sabe si todavía existe un suelo firme desde donde decidir.

Hoy muchos peruanos sentimos algo parecido. Hemos votado, pero el país no logra respirar. Cada acta observada, cada titular, cada mensaje de WhatsApp, cada denuncia sin verificar, cada gesto de triunfalismo o de sospecha parece apretar un poco más el pecho colectivo. La democracia, que debería ser el método civilizado para procesar nuestras diferencias, se vive otra vez como una sala de emergencia: todos mirando el monitor, temiendo que el pulso republicano se detenga. En este estado de ansiedad, los jóvenes se preguntan si un Perú así les dará oportunidades. A todos los peruanos les pido respirar.

Respirar no significa resignarse ni mirar a otro lado. No significa aceptar irregularidades si las hubiera, ni renunciar al derecho de fiscalizar. Significa, más bien, recuperar la serenidad necesaria para defender la democracia con sus propias herramientas: actas, pruebas, procedimientos, plazos, instituciones y ley. Cuando una elección es estrecha, la grandeza democrática no se mide por el fervor del ganador, sino por la paciencia de todos. Esperar también es un acto cívico.

Respirar tampoco significa callar. Significa hablar con responsabilidad. Hemos normalizado una política donde el adversario no es alguien con quien discrepamos, sino alguien a quien debemos destruir. Esa lógica nos ha empobrecido moralmente. Las redes amplifican la ira, pero no construyen legitimidad. El insulto puede dar una satisfacción instantánea; no resuelve la inseguridad, la pobreza, la anemia, la informalidad, la precariedad de nuestras escuelas ni la falta de agua y saneamiento. Cuando termine el conteo, gane quien gane, el país seguirá esperando soluciones.

Por eso vuelvo al decálogo ético que propuse dos semanas atrás para quien aspire a gobernar el Perú. La primera obligación es cumplir la Constitución y la ley, pero no basta. El poder no puede entenderse como botín, agencia de empleos, plataforma de revancha ni salvoconducto para los amigos. La Presidencia exige una ética superior: nombrar a los mejores, respetar la meritocracia, cuidar instituciones clave como el equilibrio de poderes, la libertad de expresión y de prensa, un Ejecutivo fuerte y respetuoso de los derechos humanos, y entender que el Estado no pertenece al partido ganador sino a todos los ciudadanos, sobre todo a los más vulnerables.

También debemos respirar para aceptar una verdad incómoda: nuestra angustia no nació esta semana. Viene de años de presidentes débiles, congresos fragmentados, corrupción, violencia y promesas incumplidas. Por eso el nuevo gobierno no podrá limitarse a administrar el empate emocional. Tendrá que reconstruir confianza con gestos concretos desde el primer día: gabinete idóneo, mensajes claros, puertas abiertas y cero tolerancia frente al abuso. Una votante que vició su voto en mi mesa escribió en su cédula: “Estoy harta”, expresando un sentir colectivo. Quien gane recibirá un país exhausto; no recibirá un cheque en blanco. Recibirá una responsabilidad inmensa: convocar, no aplastar; escuchar, no humillar; unir, no uniformar. Tendrá que hablarle al votante propio y al ajeno, a Lima y a las regiones, al empresario y al trabajador informal, a la academia y a la calle, a quienes marchan y a quienes temen volver a marchar. Un presidente democrático no gobierna solo con votos; gobierna con legitimidad, transparencia, evidencia y sentido de futuro.

Quien pierda también tendrá una responsabilidad histórica. Fiscalizar no es incendiar. Denunciar no es inventar. Oponerse no es dinamitar. La democracia necesita oposición firme, vigilante y técnica; no una política que convierta cada derrota en conspiración y cada institución en enemiga. Si hay reclamos, que se presenten con pruebas y dentro de la ley. Si las autoridades electorales resuelven, que sus decisiones se acaten, sin renunciar al debate ni a la memoria.

Respiremos para no confundir angustia con violencia, prudencia con debilidad ni legalidad con ingenuidad. Respiremos para mirar más allá del resultado inmediato y recordar que el Perú no empieza ni termina en una elección. Respiremos para exigir decencia, competencia y grandeza. Respirar es el primer acto de vida; hoy debe ser también el primer acto de responsabilidad republicana. Solo así podremos volver a respirar como comunidad política madura y democrática.

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