Luces de una campaña electoral, por Carlos Espá

Habiendo participado en condición de candidato, destacaré los aspectos positivos de la campaña electoral.

Celebro que la sangre no llegara al río con algunas profecías apocalípticas. No hubo atentados contra candidatos presidenciales al nivel de los magnicidios registrados en México, Colombia o Ecuador. Claro que lamento el fallecimiento de Napoleón Becerra en un accidente vehicular y el peligro que enfrentó Rafael Belaunde. Pero, salvo puntuales incidentes, no hubo agresiones que desembocaran en tragedias o sobresaltos, ni atentados o muertes como los que, en anteriores elecciones, enlutaron el proceso electoral.

No hubo la descomunal diseminación de noticias falsas que, debido al auge de la inteligencia artificial, se anticipaba como algo inevitable. No hubo videos ni audios trucados o truculentos que alterasen el curso de las elecciones.

No hubo desconcierto ni incapacidad para votar debido a una cédula abundante en símbolos y casillas. El votante peruano ejerció su derecho con inteligencia y sentido común, e hizo uso del voto cruzado cuando así lo estimó conveniente. ¡Un poquito más de respeto a la inteligencia de los peruanos, por favor!

La plata como cancha no decidió la elección. Al estilo del derrumbe del dictador Ceaușescu en Rumanía, en un dos por tres desaparecieron varios partidos vinculados a universidades bamba o epítomes de vientres de alquiler. Pese a las abultadas cantidades de dinero que invirtieron en las redes sociales, en las imprentas y en las dádivas, varias agrupaciones de larga data fueron borradas del mapa por decisión soberana de una población exhausta, harta de la inseguridad ciudadana y de obras de infraestructura incompletas o abandonadas.

No se registró un escenario de segunda vuelta con dos candidatos antisistema prestos a arrojarse a los brazos de programas fracasados que representan el dolor y la ruina para los países y para los millones de personas forzadas a emigrar, señaladamente Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela.

Y, pese a las gravísimas irregularidades y actos de incompetencia registrados en la primera vuelta, en la segunda las cosas transcurrieron con mayor normalidad. Fue muy importante la decisión del Gobierno de los Estados Unidos de liderar la misión de observadores a fin de monitorear el proceso de principio a fin, es decir, antes y durante el escrutinio y, naturalmente, en el conteo y digitalización de los votos.

Y en el tema más de fondo, que es la polarización política, la crispación que ciertos dirigentes y opinólogos destilan en el día a día no fue acompañada por la mayoría de los peruanos, quienes mostraron responsabilidad y deber cívico. No hubo voto blanco ni viciado en niveles inusuales. Ciudadanos de la tercera edad acudieron a las urnas con serenidad. Y los jóvenes –¡sí, los jóvenes!– inclinaron la balanza y ejercieron un voto informado y patriótico.

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