Mis padres son ambos periodistas. Pasé gran parte de mi infancia deambulando los pasillos del histórico edificio de El Comercio. Cuando era muy pequeña, me regalaron una máquina de escribir de juguete, quizá con la ilusión de que algún día seguiría sus pasos. Pese a ello, yo nunca quise ser periodista de grande.
Yo quería ser astronauta, o arqueóloga, o cantante, culpo a la canción de Nubeluz. Finalmente, estudié antropología. Pese a ello, y a puertas de terminar mi carrera, aún no sabía qué quería ser.
Llegué a El Comercio casi de casualidad, por un aviso en una bolsa de trabajo. Postulé. Hice pruebas: de conocimiento general, de redacción, creo que hasta de informática. Hice entrevistas. Hice el examen médico, el psicológico. Nunca pensé que quedaría. Quedé.
Mi primer día llegué temprano, tomé el Metropolitano, me bajé en Jirón de la Unión. Me equivoqué de puerta. Los periodistas (y practicantes) no entran por la elegante puerta bajo la cúpula del Jr. Miro Quesada, sino por un portal cuadrado con un solo escalón de mármol en Jr. Lampa. Fue ahí que me encontré cara a cara con mi papá.
Creo que, en su sorpresa, ni siquiera me saludó. ¿Qué haces aquí? Trabajo aquí, respondí, y procedí mi camino a la oficina de recursos humanos. Mi papá, que acababa de asumir el puesto de director interino del diario, no sabía hasta esa misma mañana que yo estaba postulando al diario, y el diario no sabía que mi papá era mi papá hasta esa misma mañana.
Yo quería entrar a tecnología, a política, a mundo. Me pusieron en Luces.
Luces era un universo autocontenido ubicado en un mezanine de la redacción central. Estaba poblado por personajes variopintos: desde críticos de cine, hasta expertas en farándula, pasando por redactores en camisetas de superhéroes.
Fui mucho al teatro, aunque la función para prensa casi nunca incluía la obra completa. Cubrí videoclips, lanzamientos de ropa íntima e incluso una vez la inauguración de un car wash, la relevancia de la comisión dependía más de los asistentes que del evento en si mismo.
Mi más grande terror fue siempre el bendito teléfono fijo al lado de mi computadora, que no era mía sino la que estuviera libre, cosas de practicante. Ese teléfono y una pila de agendas antiquísimas, algunas con números de seis dígitos, eran una tarea que me hacía sentir Sísifo subiendo la montaña.
Siempre odié llamar por teléfono, quizá es un trauma generacional, quizá soy solo yo. Pero me tocó enfrentar ese miedo cada tarde, en busca del comentario o la cita que pudiera completar la página que había que cerrar.
Me enfrenté también al mundo, a lugares desconocidos, a personas que admiraba. Nunca olvidaré haber podido entrevistar a Carlos Carlín o a Pietro Sibille; y descubrí admiración por otros, como Lesley Shaw o Maricarmen Marín. Tuve que dejar el miedo en casa.
Mi paso por El Comercio no fue muy largo, me enseño mucho. A enfrentar el miedo, a estar preparada, a no perder de vista a tu fotógrafo, aunque muchas veces fui fotógrafa también, a luchar por lo que crees, aunque eso significara terminar sola de madrugada preparando un especial a dos caras sobre Sam Smith. Me dejó amigos, historias. Me ayudó a entender más a mi papá. Me hizo un poco periodista, una pequeña periodista.
No era mi camino seguir esa senda, al menos no en ese momento, y a mis treinta y tantos aún no sé qué quiero ser cuando sea grande. Pero hoy, mientras le deseo un feliz 187 aniversario de El Comercio, creo que todos debemos ser un poco periodistas, enfrentar el miedo, luchar por lo que creemos y, sobre todo, alzar la voz y la pluma.












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