Lugares comunes, por Alonso Cueto

Viajar a un lugar después de un tiempo, volver a ver a amigos casi olvidados. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que vi por última vez a Adrián pero en este viaje a una ciudad de Estados Unidos, lo llamo y nos alegramos de escucharnos. Quedamos para encontrarnos en una cafetería. Tengo miedo de verlo porque supone reconocer el tiempo que ha pasado. Nos encontramos. Nos abrazamos. Me doy cuenta de que no ha cambiado nada. Se fue del Perú a los 25 años y han pasado treinta desde entonces. Siento que conversamos como si hubiéramos estado juntos hace poco.

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La última vez que nos vimos, hablamos sobre los veranos en Estados Unidos y los inviernos en Lima. Hay que tener una personalidad esquizofrénica para adaptarte a ambos, me dice. Hablamos de ese calor de bosques y ríos optimistas y densos que atraviesan las ciudades norteamericanas. Luego, de lo que significó para él, ese gris invisible y entumecido, un hechizo de la tristeza, en los meses de julio frente al mar de Lima.

Los recuerdos son los mismos pero hay un cambio significativo. Hace poco, Adrián se ha quedado solo. Su esposa, 12 años menor que él, lo ha dejado por un hombre más joven. Es una cuestión de los tiempos, bromea. Se fue con su entrenador del gimnasio. Estaba eufórica cuando me lo contó. Me dijo que se sentía como Ana Karenina. Cuando yo le dije que Ana Karenina acabó muy mal, ella se sobrepuso: “Pero me siento como la Ana Karenina del primer tomo”.

Adrián se sonríe con una arruga de resignación, mientras nos traen las tazas de café con un humo lento. Le pregunto cómo han reaccionado sus dos hijos ante la partida de la señora, y él me contesta que ellos sienten que su madre tiene su derecho a vivir su vida así como él, la suya. Claro que sí, le digo. Y además puedes buscar a alguna pareja por allí.

Después de una pausa, me dice que va a probar los beneficios de la soledad. La soledad es un lujo, agrega. Me despierto y no tengo ninguna obligación de nada. El silencio también es un lujo. Camino por la casa a mis anchas. Mi esposa seguramente se daba cuenta de mi deseo de estar solo, y me ha hecho un favor al irse.

“Cuando le dije que Ana Karenina acabó muy mal, ella se sobrepuso: ‘Pero me siento como la Ana Karenina del primer tomo’”.

Alonso Cueto | Escritor peruano

Seguimos hablando de su nueva vida de soltero en Estados Unidos. La música se ha convertido en su principal aliada. Los objetos cotidianos parecen extraordinarios con el hechizo de la música. A pesar de su nuevo gusto por la soledad, no olvida a sus hijos. Claro que se alegrará cuando lo visiten a fines de agosto. Claro que los adora. Pero de pronto, le interesa entrar en la edad madura sin interferencias. Es algo que ha descubierto hace poco.

Vemos en la mesa de al lado a una pareja. Sostienen a una niña de algunos meses. Alguno de los padres le ha hecho un lazo afilado. Tiene unos ojos azules que nos interrogan con indiferencia. Les decimos a los padres que es una niña linda y les preguntamos su nombre. Se llama Helen. Vaya, pues, Helen, me dice Adrián. El nombre de mi esposa. Miren que es como si hubiera regresado, convertida en esa niña. La verdad, se le parece. Así que puedo llevarme esos ojos a mi cuarto. Mientras tanto, seguiremos conversando. Hasta que nos volvamos a encontrar, algún día.

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