La misión de las universidades, por Patricia Stuart

La reciente publicación de “Magnifica humanitas” (“Magnífica humanidad”), la primera encíclica del papa León XIV, marca un hito en el debate global sobre el papel de la inteligencia artificial. Más allá de su valor para el mundo católico, el texto propone una reflexión ética de alcance universal sobre el rumbo de nuestra civilización. Que el papa haya elegido dedicar una encíclica a este tema revela la profundidad del desafío que enfrentamos como humanidad.

La tecnología no está por encima de las personas. Esta es la advertencia central de la encíclica: simple en su formulación, pero decisiva en sus consecuencias. La dignidad humana no se reduce a datos, métricas, perfiles o predicciones, por útiles que puedan ser. Somos seres conscientes, libres y responsables. Esa dignidad debe permanecer en el centro de toda innovación.

No resulta exagerado afirmar que “Magnifica humanitas” puede llegar a ocupar, para nuestro tiempo, un lugar semejante al que tuvo “Rerum novarum”, la encíclica publicada en 1891 por León XIII, a la que su sucesor rinde homenaje al presentar este nuevo documento en el año de su aniversario 135. Entonces, la Iglesia respondió a las tensiones sociales y laborales de la Revolución Industrial recordando que el progreso económico no podía construirse a costa de la persona. La encíclica fue una respuesta ética a una transformación económica y tecnológica que redefinió el mundo. Hoy, ante una revolución distinta, el llamado vuelve a ser ético antes que técnico.

La inteligencia artificial ya está cambiando la educación, el trabajo, la investigación, la información y la gestión de las instituciones. Lo hace con una rapidez que a veces supera nuestra capacidad de comprensión y regulación. Por eso, el verdadero dilema no es aceptar o rechazar la IA, sino orientarla. Como advierte la encíclica, la tecnología puede curar, educar y conectar, pero también excluir, vigilar, manipular o profundizar desigualdades si se la deja gobernada solo por la eficiencia o el lucro.

Este mensaje interpela de manera directa a la educación superior. Las universidades no deben limitarse a preparar profesionales competentes para un mercado laboral más digitalizado, aunque esa sea una tarea ineludible. Su misión más profunda es formar criterio, carácter y responsabilidad. En la era de la inteligencia artificial, necesitamos profesionales capaces de usar herramientas poderosas sin abdicar de su juicio, e investigadores que comprendan que la transparencia, la integridad, la protección de datos, la equidad y la supervisión humana son condiciones del conocimiento confiable.

Por eso, las universidades están llamadas a ser espacios de discernimiento. Deben enseñar a preguntar no solo qué puede hacer la tecnología, sino para qué, para quién y con qué consecuencias. Una sociedad puede ser tecnológicamente muy avanzada y, al mismo tiempo, profundamente desigual o despersonalizada. De allí la importancia de preservar lo humano: no como resistencia al futuro, sino como condición para que el futuro sea digno. La misión universitaria, en este contexto, consiste en formar personas capaces de habitar la revolución digital con libertad interior, responsabilidad pública y vocación de servicio. Si la inteligencia artificial es una de las grandes fuerzas de nuestro tiempo, la universidad debe ser uno de los lugares donde aprendamos a ponerla al servicio del bien común.

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