En los últimos días, un episodio de agresión durante una transmisión en vivo durante el concierto de Bad Bunny en Lima volvió a mostrar algo que ya no sorprende tanto: la burla pública como forma de diversión. Más allá del hecho puntual, lo que preocupa es lo que refleja. Cuando reírnos del cuerpo de otra persona se vuelve contenido viral, algo se está deteriorando como sociedad.
Las redes sociales nos han acostumbrado a opinar rápido y a juzgar sin pensar. Comentamos, señalamos y compartimos sin detenernos a medir el daño. El problema no es solo quien agrede, sino también quien ríe, difunde o decide mirar a otro lado. Así, la humillación deja de ser un hecho aislado y se convierte en un espectáculo que muchos consumen.
En este contexto, el cuerpo, sobre todo el de las mujeres, parece dar permiso para opinar, criticar y atacar. El respeto deja de asumirse como algo básico y empieza a depender de “encajar”. La agresión se disfraza de broma, de comentario sin mala intención o de simple entretenimiento.
Las redes sociales no solo exhiben estas conductas, sino que también ayudan a que se repitan y se normalicen. Lo que se comparte sin cuestionar se vuelve costumbre, y lo que se vuelve costumbre termina pareciendo aceptable. Así, la burla pierde gravedad y la humillación se integra a la experiencia cotidiana digital.
Cuando esto ocurre, el daño deja de verse como una excepción y pasa a formar parte del paisaje. No por ser visible es menos violento; solo se vuelve más fácil de ignorar.












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