En 10 años han asumido la presidencia ocho personas distintas. La escena empieza a sentirse rutinaria. Todos conocemos a alguien que ayer se despertó y recién se enteró de quién ocupa la presidencia, pensando que no es la primera vez ni será la última. En ese contexto de hartazgo y frustración, ¿por qué habría que estar atentos a las próximas elecciones si pareciera tan solo un cambio de elenco más? ¿Qué diferencia lo que sucedió el miércoles de lo que ocurrirá el domingo 12 de abril?
Esa noche en el Congreso, como tantas veces en este período, solo podíamos ser espectadores. Tanto quienes seguimos en tiempo real las casi cuatro horas del proceso como quienes no lo hicieron, lo único que podíamos hacer era discutir, renegar y sentir una inmensa frustración por la forma en que se dieron los hechos. Y, no me malinterpreten, qué importante es no perder la capacidad de expresarnos e interpelarnos por la realidad política. Sin embargo, en democracia la condición de ‘ciudadanos’ implica mucho más que tener esa capacidad.
La diferencia principal entre la noche del miércoles y el día de la verdadera elección no está en la cantidad de votos ni en los candidatos entre los cuales se elegirá, ni siquiera en el cargo específico que está en disputa: la diferencia principal es el poder de la ciudadanía.
Podemos quejarnos de la oferta que tenemos y cuán difícil será elegir entre las opciones que tenemos. Sin embargo, esa noche en el Congreso es probable que más de uno hubiera querido poder hacerlo. El miércoles vimos lo que ocurre cuando la ciudadanía ya no puede elegir. La diferencia entre ambos momentos no es solo institucional: es la distancia entre ser espectadores o asumirnos como responsables. Y aunque el proceso diste de ser como muchos de nosotros quisiéramos, lo que decidamos no da lo mismo.
No es normal no saber con certeza cuánto durará un período presidencial ni que los congresistas terminen definiendo quién ocupa la presidencia, en cuestión de horas y sin dar cuenta de su voto. Pero, sobre todo, no es normal pensar que una democracia no implica participación, representación y rendición de cuentas antes, durante y después de la elección. Vamos a votar en abril y necesitamos tomarnos más en serio nuestro voto que quienes elegimos para representarnos. Pero, probablemente, más en serio también que nosotros mismos en ocasiones anteriores. No podemos normalizar la política que tenemos y tampoco nuestra actitud frente a ella.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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