Tomen un mapa y lleven su atención al Perú. Observarán una franja larga y estrecha, la costa, que por el sur se ‘conecta’ con el desierto de Atacama. En realidad, se podría decir que es un solo desierto, separado por fronteras. Mirarán también ese inmenso macizo sudamericano, la cordillera andina, que ha definido y organizado la geografía económica y sobre todo la política, el poder y la gobernanza en la historia de este país. Al otro lado de los Andes está la llanura amazónica, que representa casi el 60% de este país. Somos, como decía Aurelio Miró Quesada, un país de costa, sierra y montaña.
Más allá está el gran Brasil, el quinto país más grande de la tierra, un mercado de 213 millones de habitantes, hecho a fuerza por los ‘bandeirantes’ portugueses, país con el que no tenemos un tratado de libre comercio y al que apenas hemos exportado alrededor de US$1.600 en el 2025 cuando Chile, que no tiene fronteras con el gigante sudamericano, lo hizo por US$5.000 millones.
Vuelvan la mirada a la costa, donde en principio no es probable la agricultura; sin embargo, con inversión privada, tecnología e innovación, el Perú logra el milagro de tecnificar casi 300.000 hectáreas y supera así a ese otro milagro llamado Israel (200.000). Asimismo, hemos superado a Chile en valor de exportaciones en el 2025, con US$14.500 millones frente a los US$13.150 millones del país al que Neruda llamó “ese largo pétalo en el mar”.
Tiempo atrás, talibanes de la ortodoxia, sarracenos de la economía, se opusieron a una nueva ley agroexportadora porque “reducir el impuesto al sector generaría un costo fiscal de S/1.880 millones anuales”; pero soslayaron que entre el 2000 y el 2025 solo en salarios acumulados el sector agroindustrial generó más de US$48.000 millones, que incluyen los US$2.900 millones en Essalud y otros US$8.300 millones de pagos en IGV. Solo en La Libertad, para continuar, los salarios en el sector fueron de US$9.200 millones. Y eso que no colocamos aquí los montos de inversión directa.
Pretender destruir la agroindustria sería no solo suicida, sino un profundo odio a un país que, de construir sus 23 proyectos de irrigación, con la contribución del privado, tendría 1,3 millones de hectáreas para la agroindustria y, por ende, más reducción de la pobreza y la creación de nuevas clases medias. Agua, tierra y agro. Razón tenía Wittfogel sobre que la nuestra es una sociedad hidráulica, pero eso es harina de otro costal. No obstante, el relato, ¡ay, el relato!, nos avisa el regreso de la república de los barones del azúcar, de la concentración de tierras, de una nueva reforma agraria, pero se olvidan de que ese campo fue antes arenal, que se le ha pagado al Estado la inversión por la infraestructura de irrigación, que hay empresas modernas con accionariado difundido y que en el sector el sueldo mínimo ronda los S/1.800 a más.
Ahora vayamos a los metales, porque somos un país “de metal y melancolía”, como ese viejo poema andaluz. Observen Chile y la ley marco de Kast; también presten atención a Argentina y el nuevo incentivo a las inversiones mineras, el RIGI, dado por Milei. Hay en el mundo un furor por minerales, sobre todo por el cobre, las tierras raras, el oro debido a la vorágine de los bancos centrales y el regreso de la geopolítica por todo lo alto. El Perú tiene la enorme oportunidad de echar a andar sus más de 60 proyectos mineros cuya inversión alcanza más de US$64.000 millones. Solo Cajamarca, la región más pobre, tiene inversiones por US$16 millones. Pero se propone una ‘reforma agraria’ en minería, se pone en tela de juicio las concesiones mineras y se ideologiza y politiza el proceso de formalización, cuyo centro neurálgico es el Reinfo feudal.
Escribo todo esto porque en pocos días decidirá quién será el presidente de un gran país.
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