Es difícil que dos personas que piensan muy distinto caminen juntas. Si trasladamos esta dificultad al plano de los acuerdos en una población de 34 millones de habitantes, distribuidos en tres regiones que, en muchos sentidos, son muy diferentes, la situación se vuelve aún más compleja. Gobernar sociedades muy diversas y desiguales es, sin duda, un gran desafío.
El escritor Mario Vargas Llosa, en su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura, ofreció una reflexión sobre nuestra realidad nacional, citando a José María Arguedas, quien llamó al Perú el país de “todas las sangres”. El Nobel sostuvo que, nos guste o no, los peruanos somos una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. Resaltó el orgullo de pertenecer a una cultura milenaria y afirmó que, pese al dolor de la conquista, esta incorporó al Perú a la tradición occidental, asociada al desarrollo institucional y lingüístico.
Vargas Llosa enfatizó lo positivo incluso de la colonización y ofreció una visión integradora. Sin embargo, es innegable que esta exposición reafirmó las diferencias de nuestra población y la compleja mezcla de influencias que conviven en un mismo territorio, las cuales no calaron de manera homogénea en toda la población. No todas las regiones sobrevivieron en igualdad de condiciones. No todos tienen los mismos privilegios. Vivimos en una sociedad profundamente desigual.
¿Se pueden gobernar poblaciones tan heterogéneas?
La experiencia internacional nos da modelos alentadores. La India, por ejemplo, es un país con aproximadamente 1.400 millones de personas que hablan más de veinte idiomas oficiales, además de cientos de dialectos, y que conviven con una enorme pluralidad religiosa y cultural. Sin embargo, a la fecha, el sistema federal asimétrico y la democracia parlamentaria permiten que se adapten políticas a su contexto y que las minorías tengan representación.
La diversidad extrema no impide una buena gobernabilidad, siempre que se reconozca la identidad de cada grupo y se institucionalice su participación. Y aquí nos encontramos con el desafío de muchos países que fueron colonizados y que aún sufren las consecuencias de un pasado que no ha sido zanjado.
Desde la sociología crítica se sostiene que la fragmentación de identidades en sociedades colonizadas es producto de estructuras históricas profundas que persisten en el tiempo. El sociólogo peruano Aníbal Quijano formuló el famoso concepto de la “colonialidad del poder” para explicar esta situación.
Quijano creció en el Perú andino, donde la discriminación hacia poblaciones indígenas y mestizas era cotidiana. Es comprensible que su realidad social le permitiera observar cómo las jerarquías raciales y culturales heredadas del colonialismo seguían privilegiando a ciertos grupos. En su análisis, explicó que la colonización provocó una clasificación social basada en la idea de raza: los europeos y blancos se situaban en la cima del poder; los criollos, como élites locales; los mestizos, en posiciones intermedias; mientras que los pueblos indígenas quedaban subordinados dentro del sistema laboral colonial y las poblaciones africanas esclavizadas ocupaban el nivel más bajo de esa estructura. Desafortunadamente, esta idea puede persistir en la memoria colectiva. Hay sociedades que aún cargan con reglas “invisibles”, como si el valor de una persona dependiera de su posición, raza o condición.
Quijano desarrolló un marco teórico capaz de explicar por qué estas estructuras de poder subsisten después del colonialismo. No es difícil entender que su experiencia de vida lo llevó a analizar cómo la colonización dejó huellas profundas más allá de lo político y lo económico, algo que los estudios tradicionales sobre dependencia no explicaban. Y es que una cosa es salir de una etapa histórica y otra muy distinta es que esa etapa salga de tu mente o de la forma en que aprendiste a ver la vida. Cabe destacar que la teoría de la colonialidad del poder sigue siendo ampliamente utilizada en estudios internacionales sobre desigualdad y poder.
Sobre la interrogante de si se puede tener una gobernanza efectiva en poblaciones desiguales, podemos afirmar que sí es posible. El caso de la India lo demuestra; sin embargo, debemos destacar que este país, a pesar de haber vivido casi dos siglos bajo dominio británico, logró preservar muchas de sus identidades locales, lenguas y tradiciones culturales. En América Latina, la situación presenta particularidades históricas diferentes. La colonialidad del poder alteró la identidad de muchas naciones. Y cuando a un pueblo se le convence, de forma inconsciente, de que lo suyo vale menos, deja de afirmarse en su propia identidad y bloquea su potencial.
La identidad es fuente de dignidad. Cuando una persona o una nación reconoce su valor, no necesita compararse ni imitar otros modelos, ni hacer lo que sea (incluso caer en prácticas corruptas) para obtener lo que no le corresponde en ese momento. Podemos destacar que gran parte de la corrupción no nace únicamente de la ambición económica. Lamentablemente, cuando el “yo primero” reemplaza al “nosotros”, se evidencia un vacío identitario; como señala Fukuyama (1995), esa falta de reconocimiento de la identidad colectiva favorece comportamientos egoístas e, incluso, la corrupción.
Toma tiempo reconstruir una vida; toma tiempo reconstruir una sociedad. Quizás muchos países latinoamericanos aún estamos en medio de ese proceso, que tiene raíces muy profundas. Puede que por ello la crisis de gobernabilidad aún no sea superable en su totalidad. Y es que, sin una identidad clara, es difícil poder amar y defender una sociedad.
Es innegable que hay modelos dignos de inspiración y que siempre se aprende de otros. Como bien lo señaló Vargas Llosa, la globalización es prueba de ello; pero este fenómeno nace de la inspiración y respeta la identidad nacional. En este sentido, hoy podríamos alentar a Aníbal Quijano resaltando que la cultura culinaria peruana se ha globalizado mostrando al mundo lo mejor de nuestro país en su esencia más pura. La cocina peruana es una fusión de distintos sabores que refleja nuestra multiculturalidad y es motivo de orgullo nacional. Este es un ejemplo claro de que, cuando nos reconocemos y valoramos, ¡liberamos nuestra mejor versión!
El fortalecimiento de la identidad es un trabajo personal, y es necesario considerar que amar a nuestro país implica amarnos a nosotros mismos, ya que forma parte de quienes somos. Sin embargo, el gobierno, como representante del pueblo, tiene un papel fundamental: los ciudadanos necesitan sentir que sus raíces son valiosas y, por ello, deben ser respetadas y consideradas, aun siendo diferentes al resto.
En el mar conviven distintos tipos de peces y no compiten por ser idénticos, sino que cada uno ocupa su lugar dentro de un sistema de equilibrio. La naturaleza los agrupa y los nutre según sus necesidades, ofreciendo a cada uno el alimento que le corresponde. Un gobierno debería actuar de manera similar: dotar de recursos, derechos y oportunidades según las particularidades de cada región, asegurando que todos reciban beneficios y derechos con la misma calidad, sin privilegios de ningún tipo.
En este sentido, el desafío del próximo presidente no será solo administrar un país diverso, sino comprenderlo profundamente. Le tocará sumergirse en un mar de diferencias y entender la realidad para generar más igualdad.
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