Anuario iSanidad 2025
Pilar Sánchez, directora de Relaciones Institucionales del Grupo CTO
Según la Real Academia Nacional de Medicina de España, el síndrome de desgaste profesional o del trabajador quemado sería la traducción recomendada del anglicismo burnout, que parece haberse generalizado en su uso por parte de los hispanohablantes.
El término inglés burnout es tan corto como descriptivo y fue utilizado en 1974 por el psiquiatra estadounidense de origen alemán Herbert Freudenberger. Mientras colaboraba como voluntario en una clínica neoyorquina para toxicómanos, se dio cuenta de la pérdida progresiva de motivación, interés y energía en la labor que sus jóvenes compañeros realizaban, advirtiendo además síntomas como depresión y ansiedad como tiro de gracia antes de producirse el agotamiento total (etimología de burnout).


Inicialmente, el síndrome de desgaste profesional se aplicaba al ámbito deportivo. Está claro que un atleta que lo ha dado todo no puede rendir ya más en el campo de juego. Siguiendo ese mismo razonamiento, los profesionales sanitarios, sometidos a horarios cambiantes, incertidumbre laboral, maratonianas guardias y concurridísimas salas de espera, están más expuestos a riesgos de índole psicoemocional que otros colectivos, algo característico de las profesiones donde la interacción con el paciente o el cliente es directa y continua.
Decía la escritora chilena Gabriela Mistral, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1945, que Hoy ya no se estudia una profesión para ejercerla toda la vida. Hoy es necesario estudiar toda la vida para ejercer una profesión.
«Los profesionales sanitarios, sometidos a horarios cambiantes, incertidumbre laboral, maratonianas guardias y concurridísimas salas de espera, están más expuestos a riesgos de índole psicoemocional que otros colectivos»
Esto puede afirmarse de todas las profesiones, pero en el caso de la Medicina, donde continuamente se producen avances tanto clínicos como técnicos en la lucha contra la enfermedad, es todavía más relevante.
Uno de los problemas de nuestra época, la falta de tiempo, también afecta a la formación. Los centros de enseñanza debemos insistir en proporcionar al futuro profesional sanitario que acude a nosotros una batería de recursos elementales que le ayuden a evitar situaciones de burnout.
Según argumentaba el filósofo José Ortega y Gasset, la alteración que producen los acontecimientos circunstanciales puede aliviarse con un cambio de paradigma o visión de las cosas: Suspendiendo un momento la acción, para recogernos dentro de nosotros mismos, para pasar revista a nuestras ideas sobre la circunstancia y forjar un plan estratégico.
Evidentemente, en el caso concreto del colectivo sanitario resulta más difícil recogerse dentro de sí mismos para reprogramarse física y anímicamente ante esa situación que les sobrepasa, ya que su profesión implica un trato directo con pacientes. A esto debe añadirse la ansiedad de alto rendimiento que experimentan los jóvenes residentes al atender a sus primeros enfermos dentro de un crispado contexto de atención masificada.
«La ansiedad de alto rendimiento que experimentan los jóvenes residentes al atender a sus primeros enfermos dentro de un crispado contexto de atención masificada»
Por supuesto, no todo va a ser estudio y trabajo. Un antídoto cada vez más utilizado contra los síntomas de burnout es la práctica de actividades que induzcan a la calma, que motiven la relajación de la mente y no solo del cuerpo.
Técnicas de meditación como el mindfulness (atención plena) o disciplinas orientales tan extendidas en nuestro país como el yoga y el taichí permiten a muchos profesionales sanitarios oxigenarse después de las agotadoras jornadas hospitalarias a las que dedican buena parte de su tiempo.
Tampoco hay que olvidar una terapia popularizada por el doctor Patch Adams, la risoterapia. El humor y la empatía como herramientas para humanizar un sistema de salud que todavía necesita convenientes retoques para poder compatibilizar unas óptimas condiciones de trabajo del personal clínico, con el derecho de los pacientes a una atención en consulta menos acelerada y despersonalizada.
La huelga sanitaria convocada anteriormente, en la que se efectuaban reclamaciones tan legítimas como un estatuto propio que aporte contratos más estables, regule las guardias, garantice servicios mínimos en urgencias y reconozca una estructura salarial acorde con el nivel formativo, nos ha recordado qué es lo que debe priorizarse en la agenda presupuestaria.
Es preciso que las autoridades gubernamentales reconozcan la primordial importancia de los profesionales sanitarios en la sociedad y optimicen la conciliación de sus horas de trabajo y ocio, como colectivo especialmente proclive al burnout debido a la naturaleza terapéutica de su actividad.
En definitiva, se impone un cambio de paradigma a nivel administrativo, formativo y de actitud personal para evitar la sobrecarga asistencial en quienes tienen el honroso privilegio de ejercer el noble oficio de Hipócrates y Florence Nightingale.







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