Mañana se cumplen 200 años desde que nuestros países establecieron relaciones diplomáticas. Dos años antes, el Perú había ganado la batalla final por su independencia. Estados Unidos, que había hecho lo propio solo 50 años antes, fue una de las primeras naciones en reconocer a la joven república. Dos siglos después, seguimos unidos por nuestro compromiso con la libertad en nuestra región.
Esto se refleja en el tratado de libre comercio (TLC), firmado en el 2009, que define nuestra relación económica. Existe un antes y un después del TLC en la historia del Perú. Antes, gran parte de la costa peruana era un desierto; hoy, desde Piura hasta Arequipa, hay miles de hectáreas de arándanos, uvas, espárragos y otros cultivos demandados por el consumidor estadounidense. Estos generan más de 350.000 empleos directos y dinamizan la economía rural.
Como un país de libre mercado: Estados Unidos no dicta lo que hacen las empresas privadas, incluso con un tratado de libre comercio. Nuestras empresas apuestan por el libre comercio y buscan mercados con estabilidad, reglas claras y competencia. Cuando nuestra inversión encuentra condiciones justas, llega para quedarse. Y cuando se queda, se nota: empleos, infraestructura, tecnología de alta calidad y bienestar para las comunidades.
Hace poco visité Cerro Verde en Arequipa, propiedad y operada por la empresa estadounidense Freeport-McMoRan. Más allá de la magnitud de la operación, destaco su vínculo con la comunidad. El trabajo en agua limpia y el apoyo frente a desastres naturales muestran cómo la buena inversión se integra al entorno. Así es como las empresas estadounidenses construyen a largo plazo.
De cara al futuro, el Perú tiene un rol esencial. El Memorando de Entendimiento sobre materiales críticos firmado en la reunión ministerial liderada este año por el secretario Rubio marca el camino para fortalecer cadenas de suministro seguras y sostenibles. Nuestra agenda común incluye minería responsable, innovación digital y cooperación espacial. La decisión del Perú de sumarse a los Acuerdos Artemis en el 2024 y ser anfitrión de los estados miembros en América Latina por primera vez abre nuevas oportunidades en ciencia, tecnología y exploración espacial. Las asociaciones entre el sector público y el privado impulsarán nuestros sectores comerciales.
Nuestra relación de 200 años también tiene un significado personal para mí. Mi esposa es peruana-estadounidense y mis hijos están orgullosos de esa herencia. Por eso, cuando digo que el Perú y Estados Unidos “somos familia”, lo siento de verdad. Ser embajador significa cuidar de una relación que siento como propia. Creo en la prosperidad compartida y en poner al servicio de esta relación lo aprendido sobre inversión responsable, oportunidades para los jóvenes y alianzas público-privadas que generen resultados concretos.
Tras dos siglos, la relación entre el Perú y los Estados Unidos es una amistad con logros reales que sigue evolucionando. Y, si hacemos bien las cosas, lo mejor está por venir. ¡Somos familia!
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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