Es evidente que la tecnología nos hace la vida más fácil y, sobre todo, amplía nuestras capacidades. El automóvil nos permite recorrer grandes distancias en poco tiempo y el avión nos otorgó la posibilidad de volar, una habilidad antes reservada a las aves y a los personajes de ficción. Una de las herramientas más completas hoy es el teléfono móvil. Gracias a él podemos guardar nuestros contactos o usar GPS, que nos guía por diferentes rutas mientras nos previene de embotellamientos de tráfico. ¿Quién no quiere una herramienta así en una ciudad como Lima?
Sin embargo, la mayoría ya no recuerda los números telefónicos ni de sus seres más cercanos. Otros, que antes conocían las calles mejor que cualquier taxista criollo, no deciden rutas sin guía. Es decir, delegamos funciones que antes formaban parte de nuestras capacidades.
Marshall McLuhan, filósofo canadiense que acuñó el término “aldea global”, señaló en Understanding Media (1964) que toda tecnología implica una suerte de “economía”. Se amplían algunas de nuestras capacidades mientras se debilitan otras. No se trata de una decisión consciente, sino de un intercambio silencioso que aceptamos sin darnos cuenta.
Esa intuición encuentra hoy respaldo empírico en un estudio reciente del MIT Media Lab (Your Brain on ChatGPT), que midió el impacto cognitivo del uso de modelos de lenguaje en tareas de escritura. La pregunta era qué ocurre en el proceso mental cuando delegamos en la inteligencia artificial funciones que antes eran humanas.
El experimento fue riguroso. Cincuenta y cuatro participantes divididos en tres grupos. Uno usaba ChatGPT, otro recurría a buscadores y un tercero trabajaba sin herramientas. Los grupos realizaron ensayos durante varias sesiones, donde se midió su actividad cerebral mediante electroencefalografía, se analizaron los textos producidos y fueron evaluados tanto por docentes como por sistemas de inteligencia artificial.
Los resultados son tan interesantes como incómodos. Quienes usaron ChatGPT mostraron menor activación cerebral, menor capacidad para recordar o citar lo que acababan de escribir y una menor sensación de autoría sobre sus textos. Sus ensayos, aunque correctos, tendían a ser homogéneos. En contraste, el grupo que escribió sin apoyo tecnológico presentó mayor conectividad neuronal, mejor retención y mayor comprensión del contenido. Más inquietante aún es que quienes emplearon la herramienta de forma sostenida mostraron menor activación cognitiva incluso al dejar de usarla.
La deuda cognitiva a la que se refieren los autores implica que la inteligencia artificial reduce el esfuerzo en el corto plazo, pero ese ahorro se paga después con menor comprensión, menor memoria y una limitada capacidad para explicar textos que, aunque se presentan como propios, no se comprenden a cabalidad. A nivel neurológico, esto se traduce en una menor activación y conectividad de las redes cerebrales asociadas a la atención, la memoria y la integración de ideas, como si parte del proceso mental quedara, literalmente, fuera del cerebro.
El estudio no demoniza la tecnología, sino que confirma que la inteligencia artificial reduce el esfuerzo y aumenta la eficiencia. El problema es que, como en toda economía, hay un costo. En este caso, ese costo parece ser la profundidad del pensamiento y la internalización del conocimiento.
Lo que queda claro es que la inteligencia, como las otras capacidades, se debilita cuando se delega. Así que, si las máquinas terminan pensando mejor que nosotros, no será solo por su capacidad, sino por nuestra progresiva renuncia.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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