De Odiseos, Ítacas y posguerras no resueltas, por Carmen McEvoy | Historia del Perú | guerra

“Tanto si vivimos como si morimos, que podamos hacerlo con los ojos abiertos” es una de las inolvidables frases que Homero coloca en boca de Odiseo, el veterano de la guerra de Troya que, tras un largo peregrinaje por un mundo plagado de desafíos, entiende que lo más valioso que posee es su hogar en Ítaca. La paradoja es que la valoración de un guerrero dispuesto a transgredir los códigos de la guerra antigua nace del incremento de la nostalgia en medio del trauma del conflicto bélico. Es así que el precio que Odiseo pagó por alcanzar el honor y la gloria fue muy alto y, en ese sentido, la profecía de Calipso –quien le augura que “deberá llenar su corazón de tristeza” antes del regreso– es sumamente certera. Porque no cabe duda de que una de las mayores lecciones de esta extraordinaria obra de Homero reside en señalar el efecto transformador que ocurre en la conciencia humana luego de una experiencia límite, como es la guerra.

“Ten siempre a Ítaca en tu mente”, nos aconseja el genial Constantine Cavafis, porque llegar ahí es parte de una suerte de destino universal. Sin embargo, no es necesario apresurar el retorno a lo seguro, ya que la prolongación del viaje, con todas sus trampas, angustias y vericuetos, ayuda a evaluar cuánto es posible aprender en el exilio físico y mental. Ciertamente, a pesar de que Ítaca, ubicada en el archipiélago de las islas Jónicas, es un referente emocional poderoso, no es aconsejable acelerar los tiempos con la finalidad de volver a verla. Más aún, cuanto más se extienda la separación, más profunda será, en la visión de Cavafis, la reflexión de lo que realmente “significan las Ítacas” conocidas y por conocer. Debo admitir que, con todas las críticas, justas o injustas, que va recibiendo la película “La odisea”, su director Christopher Nolan tiene el enorme mérito de llevarnos de viaje con Odiseo. La finalidad, creo yo, es pensar, como humanidad, hacia dónde nos dirigimos, en una etapa sembrada de peligros, pero también de enormes oportunidades. En el marco de lo que podría considerarse como una crónica de posguerra, Nolan propone una conversación sobre el dolor y la pérdida –incluso de la memoria y la esperanza–, así como una discusión sobre el heroísmo trocado en astucia, la culpa, la memoria y la naturaleza del tiempo. Porque, si bien la película exhibe un lado espectacular, poblado de fantásticos personajes homéricos, yo particularmente me quedo con el mundo incierto y cruel de la guerra cuyas secuelas no solo traumatizan a los hombres, sino que les otorgan habilidades especiales para sobrevivir lo imposible. En ese contexto contradictorio, la humanización de Odiseo –luego de una guerra brutal– lo ayuda a rechazar la eternidad que le ofrece Calipso, además de asumir la responsabilidad de todas sus faltas, por no decir crímenes e incluso señales de una hubris exacerbada. De ahí el camino de regreso a su vida en Ítaca, probablemente idealizada, adquiere un sentido trascendente en términos de huida del reino de la incertidumbre y de la muerte que toda guerra, inevitablemente, desencadena.

Por ser una república forjada a sangre y fuego a través de múltiples guerras internas y externas, el Perú exhibe, también, su cuota de Odiseos deambulando sin rumbo a través de los laberintos que ellos mismos generaron, en pos de un poder siempre efímero. “De esta guerra maldita, no creo que salga vivo” es la desgarradora confesión que le hace el mariscal Nieto a su esposa tras la derrota en Portada de Guía por las fuerzas peruano-chilenas que ocuparon Lima (1838) con la anuencia de militares peruanos, entre ellos su enemigo Agustín Gamarra, quien lo deportó a Guayaquil. Así como deportó al mariscal La Mar, comandante del batallón Perú en Ayacucho además de presidente de la República. La imponente reconstrucción del viaje de Odiseo a través de un océano, usualmente encrespado, me trajo a la memoria la odisea de La Mar camino a Costa Rica (1829), donde él intuía, y por eso lo escribió, lo mandaban a morir lejos de su Ítaca querida. Lo que me lleva al tema de la paz, con justicia, como meta urgente luego de dos siglos de guerras intermitentes, de baja y alta intensidad, entre peruanos. Es tiempo de analizar no solo nuestras guerras, sino nuestras posguerras con los “ojos bien abiertos”, pero, además, con la empatía de aquellos compatriotas que en algún recodo del tumultuoso siglo XIX imaginaron “un hogar para el Perú” que aún nos espera.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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