Con resultados ajustados y una confianza debilitada en el proceso electoral, la decisión ya no pasa por afinidad, sino por quién genera menos riesgo.
Esta no es una segunda vuelta cualquiera. Se configura en un escenario que ha dejado de ser neutral; resultados estrechos, desconfianza acumulada y actores que tensionan el proceso incluso antes de su cierre. A ello se suma el cuestionamiento a las instituciones electorales, que termina trasladando la incertidumbre del conteo hacia una mayor desconfianza ciudadana.
Con este punto de partida, la lógica del voto se transforma. Ya no se trata de elegir al candidato más cercano, sino de identificar quién ofrece mejores condiciones para sostener el gobierno en un país fragmentado y bajo presión.
Aquí no se trata de afinidad. Se trata del riesgo –y, en muchos casos, de miedo– que cada candidatura activa en distintos sectores del electorado.
Para Przeworski, la democracia descansa en algo básico, como el que los actores acepten la incertidumbre sobre quién accede al poder. Es decir, que acepten que pueden perder. Cuando esa premisa empieza a ponerse en duda antes de que el resultado se consolide, lo que se erosiona no es solo el conteo, sino la capacidad del sistema para producir una autoridad que el país esté dispuesto a reconocer. Elegir, entonces, exige no premiar cercanía, sino evaluar condiciones reales de gobernabilidad.
Primero, capacidad de ampliar la base política. Un candidato que no logra salir de su núcleo duro puede alcanzar una victoria electoral, pero difícilmente sostener un gobierno. La segunda vuelta no premia convicciones; exige expansión. Y esta empieza a evidenciarse en las alianzas, explícitas o implícitas, que anticipan con quién y bajo qué condiciones se va a gobernar.
Segundo, equipo y operación política. Las campañas se sostienen en discursos. Los gobiernos, no. En un entorno adverso, la diferencia la marcará la capacidad de rodearse de equipos que no solo ejecuten, sino que entiendan cómo funciona el poder: construyan acuerdos, sostengan decisiones y gestionen tensiones en un sistema fragmentado.
Tercero, manejo del conflicto y relación con las instituciones. El próximo gobierno no administrará estabilidad, sino tensión. Y eso exige algo más que firmeza: requiere criterio para evitar que el conflicto escale y termine debilitando aún más a un Estado que ya opera bajo fuertes limitaciones.
La segunda vuelta no corrige la fragmentación. La traslada al gobierno. Elegir, en este punto, no es respaldar; es contener.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.













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