Durante la primera etapa de esta campaña electoral los candidatos presidenciales se cuidaron mucho y evitaron los pronunciamientos y la exposición pública para no quemarse anticipadamente con la idea de la arremetida final.
En la segunda etapa y ya inscritos apelaron a las redes sociales que les permitió crear y difundir con la complicidad de influencers voluntarios o rentados una imagen autoconstruida para una aparición o relanzamiento bien administrado y debidamente controlado. Buscaron evitar en muchos casos las entrevistas serias y las preguntas incómodas.
Jugar al misterio y a la presencia virtual les permitió esconder o evitar exponer sus falencias malas decisiones oscuros secretos y hasta inseguridades. Algunos pretendieron así crear un mito para convertirse en el ‘outsider’ que muchos esperaron; mientras otros buscaron avanzar en las encuestas sin pasar por el escrutinio público directo.
Hasta que llegó la etapa de los debates que a pesar del pésimo formato y un muy mal manejo y uso del tiempo pusó a todos los candidatos en una vitrina de la cual no pudieron ausentarse ni escapar y que los mostró ante el electorado sin filtros ni ayudas de cualquier tipo.
Los electores se llevaron una impresión directa y sin intermediarios de todos y todos. Vieron sus rostros y sus gestos; percibieron su pasión su actuación fingida su espíritu soso o anodino; escucharon sus peroratas frases ‘propuestas’ o sus ataques y confrontaciones; y estuvieron atentos a sus reacciones o a su inacción. Se llevaron una buena impresión de algunos a los que recién conocieron y escucharon ratificaron su preferencia por otros y se decepcionaron de ‘su’ candidata o candidato.
Los debates no van a ser determinantes para definir el voto pero van a influir mucho en el elector en su entorno y sobre todo en las encuestas y estas pueden llevar a muchos a votar a ganador o con un voto estratégico.
Un debate electoral debería dilucidar dudas. Un debate electoral debería ser clave para proporcionarnos una imagen real de quiénes son y qué plantean aquellos que se proponen a sí mismos para sacarnos adelante. Un debate electoral debería, ante todo, ser un buen debate.
Debatir no es otra cosa que confrontar ideas a través del pensamiento crítico. Yo, que tengo el necio deseo de debate competitivo, debería poder tomar como ejemplo un debate electoral para decir a mis chicos: “Mira, así se sustenta correctamente una postura” o “así se refuta un argumento”. Sin embargo, lamentablemente, lo que encontramos en esos espacios, como el debate presidencial que culminó el último miércoles, son ejemplos de lo que no se debe hacer en un debate.
Un buen debate necesita tres cosas. La primera es el acuerdo. Si no estamos de acuerdo sobre cuál es el tema en discusión, no existe debate: habrá discursos paralelos. Cada uno hablará por su lado, sin responder realmente a lo que el otro está diciendo.
La segunda es el sustento. Las afirmaciones cualesquiera, sin sustento, no sirven. No es un debate si las partes nunca deben encargarse de sustentar sus argumentos racionalmente. No estoy diciendo que no pueden apelar a otras estrategias persuasivas, como las emociones, sino que no pueden hacerlo sin explicar aquello que sostienen con información concreta, clara y contrastable.
La tercera es la relevancia. Un argumento puede estar bien sustentado, pero ser irrelevante para el tema discutido, y eso es algo que no debería tener cabida en un debate. Un ejemplo frecuente: cuando se configura un tema y se pregunta directamente por ciertas políticas, pero los candidatos se van a otros temas que consideran más favorables para ellos.
No he encontrado todavía un debate político en nuestro país que pueda mostrar con orgullo a mis alumnos como modelo de un buen debate. Un debate en el que pueda decir: “Así es como se debate”, y que mis alumnos puedan observar atentamente, analizarlo y luego entrar a un debate escolar ellos mismos, comparando lo que hicieron con lo que vieron y diciendo: “Así se hace”.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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