Riesgo catastrófico, por Augusto Townsend Klinge

En vísperas de una segunda vuelta presidencial en el Perú, es frecuente escuchar, de un sector de la opinión pública, que si gana la elección tal candidato, el país se va por el despeñadero. Y el bando opuesto previsiblemente dirá lo mismo pero en sentido inverso. Es decir, sea que uno escuche más a un lado o al otro, en cualquier caso se siente como si el Perú estuviera al borde del abismo.

Asumamos que ese es, en efecto, el caso (aunque lo refute el hecho de que el Perú, mal que bien, siga sobreviviendo) para reflexionar sobre cómo deberíamos enfrentar una eventualidad como aquella. Una persona experta en gestión de riesgos podría verse tentada a calificar tal cosa como un riesgo catastrófico, definido como un evento muy infrecuente pero que, de ocurrir, generaría pérdidas o daños cuantiosos e inmanejables.

El problema con los riesgos catastróficos es que, por su escasa probabilidad (y nuestro propio sesgo optimista), las personas nos confiamos e invertimos menos de lo que deberíamos para protegernos frente a ellos. Uno no quiere gastar más de la cuenta en, por ejemplo, contratar un seguro o tomar medidas preventivas que demanden recursos y esfuerzo. Pero cuando el riesgo se configura con todo su poder destructivo, a uno no le queda más remedio que maldecir por lo irresponsable que ha sido (aunque, por cómo somos los humanos, lo más probable es que terminemos echándole la culpa a alguien más).

Yo creo que la posibilidad de que gane la segunda vuelta un candidato potencialmente muy destructivo no calza estrictamente en la definición de riesgo catastrófico, no tanto por una cuestión de impacto (que sí puede serlo) sino porque no es un hecho tan remoto en nuestro caso. Después de escuchar por décadas describir las elecciones presidenciales en el Perú como dirimencias entre enfermedades terminales o cosas por el estilo, pues debería ser obvio que enfrentar emparejamientos de segunda vuelta con tantos riesgos asociados no es inusual por estos lares.

Entonces, hablamos de un hecho catastrófico con mediana probabilidad. Siendo esto así, la pregunta que cae de madura es: ¿qué medidas han tomado aquellas personas o instituciones a las que ahora atemoriza ese riesgo para, ya sea, disminuir su probabilidad de ocurrencia o la magnitud de su impacto?

No quiero generalizar aquí, porque hay casos excepcionales muy destacables, pero es inevitable concluir que la gran mayoría ha hecho poco o nada. Si lo que está en riesgo es, por ejemplo, la democracia, podrían haber trabajado en fortalecer la educación cívica, la cultura democrática, el sistema partidario, la formación de nuevos liderazgos, la promoción de espacios de diálogo genuinamente plurales, la creación de centros de pensamiento que eleven la calidad del debate público, la sostenibilidad de medios que realmente tengan credibilidad frente a la ciudadanía en lugar de echarle combustible al fuego de la polarización, etc.

La segunda vuelta presidencial recién se resuelve mañana. Quienes están ahora angustiados ante la posibilidad de que se configure un escenario catastrófico, aún podrían respirar aliviados en algún momento de la próxima semana –quién sabe– si se descarta el triunfo de quien es la encarnación de sus miedos, sea la opción A o la opción B. Si eso ocurre, sospecho que no aprenderán nada. Que volverán a creer que aquello que durante unos instantes se percibió muy vívidamente como un peligro existencial, pues ya no lo es. Y tomarán pocas o ninguna acción para prevenirlo en el siguiente ciclo electoral, con lo cual la historia se repetirá invariablemente.

De la misma manera en que en el 2026 estamos llegando a una segunda vuelta repitiendo, de forma casi calcada, la historia del 2021.

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