Existen fechas que un país no recuerda: las revive. Hoy se cumplen 34 años desde que un coche bomba de Sendero Luminoso estalló en la calle Tarata, en Miraflores, y convirtió una noche cualquiera en una frontera entre dos épocas. Murieron 25 personas, más de 200 resultaron heridas y decenas de viviendas, oficinas y comercios quedaron reducidos a escombros.
Entre los muertos estaba el hermano de un buen amigo. Por eso, cuando pienso en Tarata, no pienso solo en las cifras ni en las fotografías que hemos visto tantas veces. Pienso también en quienes recibieron aquella noche una llamada, una noticia, una confirmación que les cambió la vida para siempre.
Pero la destrucción material fue apenas la parte visible de la tragedia. Lo que realmente quedó sepultado bajo los ladrillos fue la convicción de que Lima estaba a salvo.
Hasta entonces, para muchos limeños, el terrorismo seguía siendo una noticia que ocurría lejos, en pueblos cuyos nombres apenas aparecían en los titulares. Tarata acabó con esa comodidad. El miedo dejó de pertenecer a otros. Entró en los edificios, se sentó a la mesa familiar y acompañó durante años a quienes aprendieron a mirar un automóvil estacionado con la misma desconfianza de una catástrofe inminente.
Las ciudades tienen memoria. Aunque el concreto haya reemplazado las fachadas destruidas y los árboles hayan vuelto a crecer, Tarata es más que una calle. Es un recordatorio de la facilidad con la que una sociedad puede acostumbrarse a creer que los peligros siempre ocurren lejos, hasta que una explosión le recuerda lo contrario.
Treinta y cuatro años después, el miedo sigue viviendo entre nosotros. Solo cambió de forma. Ya no son los coches bomba los que alteran la rutina. Son los mensajes de WhatsApp que exigen el pago de un cupo. Son los transportistas asesinados por negarse a entregar dinero a las mafias. Son los pequeños empresarios que pagan extorsiones para evitar que destruyan sus negocios. Son los explosivos colocados en establecimientos en Trujillo. Son los sicarios que disparan a plena luz del día. Son los teléfonos arrebatados con una violencia que los convierte en motivo suficiente para perder la vida.
Hay algo todavía más inquietante que esa violencia: la velocidad con la que hemos aprendido a convivir con ella.
Nos hemos acostumbrado a enviar un mensaje cuando llegamos a casa. A desconfiar de una motocicleta. A evitar ciertas calles después de determinada hora. A ver en las noticias que un chofer o comerciante fue asesinado por no pagar una extorsión y continuar desayunando con la tragedia porque, después de todo, mañana habrá otro caso. Esa resignación silenciosa representa una victoria para el crimen. Ninguna organización delictiva aspira únicamente a obtener dinero. También necesita que la sociedad acepte el miedo como parte del paisaje.
Las amenazas del 2026 ya no son las de 1992. Hoy el enemigo no pretende tomar el poder por medio de una revolución. Aspira a controlar barrios, mercados, rutas de transporte, obras públicas. No busca incendiar el Estado. Busca infiltrarse en él. El crimen organizado ha demostrado una capacidad de adaptación que las instituciones no consiguen igualar. Mientras las mafias innovan, reclutan y coordinan, el Estado continúa atrapado entre la burocracia, la improvisación y los cambios de autoridades.
La seguridad ciudadana dejó hace tiempo de ser un problema policial para convertirse en el principal desafío político del país. Sin inteligencia, investigación criminal, cárceles que dejen de funcionar como centros de operaciones de las bandas de criminales y un sistema judicial que actúe con eficacia, cualquier promesa terminará siendo apenas otro discurso para el archivo.
Tarata nos recuerda que el miedo podía transformar todo en segundos. Sería imperdonable que ahora permitiéramos que esa misma transformación siga ocurriendo, hasta convencernos de que vivir así es normal.
Los peruanos ya derrotamos una vez a quienes quisieron gobernar mediante el terror. No deberíamos vernos obligados a aprender otra vez la misma lección. Porque los nuevos dueños del miedo también saben que un país comienza a perderse mucho antes de que sus ciudadanos dejen de caminar por las calles. Empieza a perderse el día en que dejan de creer que el Estado puede protegerlos.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












Deja una respuesta