Solemos asociar generosidad con abundancia. Creemos que puede ayudar quien tiene mucho. Sin embargo, la realidad parece responder a otra lógica: las personas y también los países suelen dar en proporción a lo que son capaces de desprenderse. En ese sentido, quien no aprende a compartir cuando tiene poco, probablemente tampoco lo hará cuando tenga mucho.
Existe además otro aspecto relevante en torno a la ayuda: el momento en que esta deja de entenderse como un acto de solidaridad y comienza a asumirse como una obligación permanente. En este punto, el receptor puede habituarse tanto al apoyo recibido que deja de percibirlo como algo excepcional y, en algunos casos, puede reaccionar negativamente ante su ausencia.
En psicología social, este fenómeno se relaciona con la adaptación hedónica y la normalización de beneficios recibidos; procesos en los que las personas ajustan su percepción a condiciones sostenidas en el tiempo, perdiendo la capacidad de reconocerlas como excepcionales.
Quienes dan de forma constante, los llamados “salvadores”, suelen comprender esta lógica después de haber atravesado experiencias conflictivas y desgastantes. Se aprende así que la ayuda sostenida, cuando no promueve autonomía ni reciprocidad, puede terminar generando dependencia o expectativas permanentes.
Finalmente, también puede surgir el cansancio de quien da. Y es en este punto donde el fenómeno de la “fatiga de donantes” en la cooperación internacional encuentra un paralelo claro con lo descrito anteriormente: al fin y al cabo, las dinámicas políticas y sociales no son tan distintas de las conductas humanas que vivimos a pequeña escala.
Es preciso señalar que este término ha sido ampliamente estudiado en la literatura de cooperación internacional y la sociología de la ayuda. Desde los años noventa se consolidó como un fenómeno de desgaste en la ayuda internacional y, desde comienzos del siglo XXI, como un problema estructural.
Bajo este escenario, decisiones recientes como el congelamiento parcial de fondos de ayuda humanitaria por parte de Estados Unidos permiten analizar hasta qué punto el sistema internacional de ayuda continúa dependiendo de pocos actores.
Es bien sabido que la cooperación internacional no responde únicamente al altruismo; los intereses estratégicos son evidentes. Sin embargo, hay una pregunta incómoda que quizás nos permite mirar esta situación desde otra perspectiva:
¿En qué momento la cooperación deja de ser un esfuerzo compartido y se convierte en dependencia?
La reducción de fondos estadounidenses a través de USAID provocó un impacto considerable en diversos proyectos de ayuda humanitaria en distintas regiones del mundo y generó fuertes críticas. Sin embargo, más allá de cualquier postura política, resulta difícil ignorar que durante décadas el aporte de Estados Unidos ha sido central dentro del sistema humanitario global: solo en el año fiscal 2024, Estados Unidos destinó más de 85 mil millones de dólares en asistencia exterior (Foreign Assistance Dashboard, Gobierno de Estados Unidos).
El debate, entonces, no debería girar solo en torno al recorte presupuestal, sino a algo más profundo: la naturaleza de la ayuda y la relación que construimos con quienes siempre dan.
Durante décadas se habló más de asistencia que de reciprocidad. Con el tiempo, la cooperación internacional comenzó a atravesar una evolución progresiva: en la posguerra predominó un esquema Norte–Sur, que comenzó a transformarse en los años setenta con el fortalecimiento de la cooperación Sur–Sur. Más adelante, en los noventa, emergieron nuevos países donantes que habían sido previamente receptores; y en el siglo XXI el sistema se ha orientado hacia una configuración multipolar más compleja y diversificada.
El Perú constituye un caso ilustrativo de esta evolución. Desde inicios de la década del 2000 comenzó a transitar de una condición exclusivamente receptora hacia un rol dual, incorporándose progresivamente como país oferente de cooperación internacional. Este proceso se institucionalizó con la creación de la Agencia Peruana de Cooperación Internacional (APCI) en 2002, entidad que comenzó a articular y fortalecer de manera formal la Cooperación Sur–Sur y la oferta de asistencia técnica peruana dirigida a otros países. Este ejemplo evidencia que contribuir al sistema internacional no implica únicamente disponer de grandes recursos financieros; también supone compartir conocimientos, capacidades y experiencias acumuladas. La cooperación moderna ha comenzado a reconocer que dar no consiste solo en transferir fondos, sino también en generar valor a través del intercambio de capacidades. Después de todo, no se da de lo que no se tiene; cada actor aporta desde aquello que puede ofrecer.
La arquitectura de la cooperación internacional ha evolucionado a lo largo de los años; sin embargo, su configuración original sigue pesando, con Estados Unidos manteniendo un papel central. Esto explica por qué decisiones como la reducción de sus fondos continúan teniendo un impacto significativo en el sistema global.
Es complejo transformar patrones instalados durante mucho tiempo en las relaciones internacionales, así como en los vínculos humanos. Se requiere una redefinición sostenida de dinámicas históricamente arraigadas, procesos que inevitablemente toman tiempo.
Al inicio de 2026, el secretario general de la ONU advirtió que el mundo atraviesa una etapa de creciente inestabilidad y llamó a impulsar reformas acordes con la realidad actual. Aunque el mundo siempre ha necesitado ayuda, hoy el contexto internacional presenta desafíos cada vez más complejos: el resurgimiento de conflictos, el aumento de los desplazamientos forzados, el deterioro ambiental y la persistencia de crisis humanitarias hacen cada vez más necesaria una reconfiguración de la gestión de la ayuda y de la gobernanza global.
La cooperación internacional moderna nació, en gran parte, de la visión del expresidente estadounidense Harry S. Truman tras la Segunda Guerra Mundial. Hoy, sin embargo, Estados Unidos parece empujar al mundo a replantear el sistema internacional de ayuda. A primera vista puede parecer una crisis, pero también puede leerse como una oportunidad: la de revisar estructuras que han generado dependencia.
La evolución hacia un modelo más cíclico y compartido debe replantearse. La ayuda no puede limitarse a aliviar necesidades inmediatas, sino a consolidar un sistema cada vez más recíproco, en el que más actores asuman un rol activo como donantes. Finalmente, la influencia y posición de Estados Unidos en el sistema internacional han estado históricamente vinculadas a su papel como principal contribuyente. En ese sentido, el principio de que es mejor dar que recibir adquiere una lógica que también encuentra sustento en la experiencia de la cooperación internacional.












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