El Perú suele discutir el crecimiento desde los mismos frentes: minería, inversión pública, estabilidad macroeconómica o precio de los metales. Todos importan. Pero hay un motor menos visible que todavía no despega: el mercado de capitales. En una economía que necesita crecer más para reducir la pobreza, elevar la productividad y generar empleo formal, la forma en que se financia la inversión también debería estar en el centro de la agenda.
En el 2025 se evidenció que existe potencial. El MSCI NUAM Peru Select Capped, índice representativo de la Bolsa de Valores de Lima, subió 46,4%, mientras que el MSCI Peru General avanzó 50,1%. El impulso vino principalmente del rally de los metales, la recuperación de utilidades corporativas y el mayor atractivo del sector minero dentro del mercado local. Además, en el mercado primario se emitieron US$1.599,8 millones, principalmente en renta fija.
Sin embargo, el problema no es solo cuánto sube la bolsa, sino qué tan profunda es. En el 2025, los montos negociados en renta variable representaron apenas 1,0% del PBI. La brecha regional es evidente: Colombia alcanzó 2,0%; México, 12,3%; Chile, 14%; y Brasil, 47,3%. Es decir, el mercado peruano puede tener buenos años en rentabilidad, pero seguir siendo pequeño, poco líquido y concentrado en pocas empresas y sectores. Esto importa porque un mercado de capitales más desarrollado no solo beneficia a los inversionistas. También permite que más empresas accedan a financiamiento de largo plazo, reduzcan su dependencia del crédito bancario, inviertan en expansión, incorporen mejores prácticas y generen empleo formal. A la vez, ofrece a las familias más alternativas para canalizar su ahorro y participar en el crecimiento empresarial.
La conexión es directa: más financiamiento productivo puede traducirse en más inversión, más empresas en crecimiento, mayor productividad y mejores ingresos. El Perú no necesita hablar menos de inversión privada. Necesita hablar mejor de cómo financiarla. Fortalecer el mercado de capitales no debería verse como una agenda técnica ni lejana. Es una condición para que el país pueda convertir ahorro en inversión, inversión en empleo y crecimiento en desarrollo.
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