Anuario iSanidad 2025
Dr. Francisco González-Llanos, presidente de la Sociedad Nacional de Neurocirugía (Senec)
La neurocirugía ha sido, desde sus orígenes, una especialidad en constante tensión entre la tradición y la innovación. Si hay un campo que ilustra mejor que ningún otro esta dinámica es la patología cerebrovascular.


En apenas tres décadas hemos asistido a una transformación radical que ha modificado la práctica clínica, la formación de los especialistas y la propia identidad de la disciplina. Lo que antes era territorio indiscutible del neurocirujano —el aneurisma, la malformación arteriovenosa, la fístula dural— hoy se comparte con un abanico creciente de técnicas endovasculares que, con razón, se han ganado su espacio. Pero esta evolución no está exenta de riesgos ni de oportunidades.
En apenas tres décadas hemos asistido a una transformación radical que ha modificado la práctica clínica, la formación de los especialistas y la propia identidad de la disciplina
Durante buena parte del siglo XX, el tratamiento de las lesiones cerebrovasculares era eminentemente quirúrgico. Las grandes escuelas de microcirugía enseñaron a generaciones de neurocirujanos a dominar la anatomía microscópica, a diseccionar los planos más profundos del encéfalo y a aplicar técnicas que requerían una precisión casi artística. Todo ello sustentado por una tradición sólida, por maestros que transmitían no sólo conocimientos, sino una filosofía del acto quirúrgico.
Sin embargo, el desarrollo del tratamiento endovascular en los últimos 30 años cambió el mapa. Primero tímidamente, luego con una fuerza irresistible, la embolización pasó de ser una alternativa a convertirse en el tratamiento de primera línea para un número creciente de patologías.
Esta revolución ha generado un desequilibrio inesperado: a medida que las indicaciones quirúrgicas se reducían, también lo hacía el número de neurocirujanos verdaderamente preparados para enfrentar los casos que aún requieren microcirugía cerebrovascular.
Esta revolución ha generado un desequilibrio inesperado: a medida que las indicaciones quirúrgicas se reducían, también lo hacía el número de neurocirujanos verdaderamente preparados
Al mismo tiempo, el atractivo y la eficiencia del abordaje endovascular creaban un nuevo perfil de neurocirujano más híbrido y polivalente, pero también menos expuesto al tiempo operatorio prolongado y a la complejidad anatómica quirúrgica.
El riesgo es evidente: una pérdida paulatina de habilidades quirúrgicas que, en el futuro, podría comprometer la capacidad de la especialidad para ofrecer ciertos tratamientos con la competencia y seguridad necesarias.
Sin embargo, esta misma situación abre una oportunidad única. Nunca antes la neurocirugía había tenido tanta capacidad para integrar dos mundos complementarios. El neurocirujano del futuro será un profesional capaz de moverse en el quirófano y en la sala de angiografía, que entenderá los principios de la microcirugía y los de la endovascular, y que elegirá la mejor estrategia para cada paciente no en función de su formación parcial, sino de una visión amplia y equilibrada. La especialidad puede, por primera vez en su historia, construir perfiles duales que aprovechen lo mejor de ambos enfoques.
El neurocirujano del futuro será un profesional capaz de moverse en el quirófano y en la sala de angiografía
Pero el futuro inmediato no se parecerá al futuro lejano. En el corto plazo, la tecnología seguirá siendo el motor que impulse la transformación: nuevos materiales, navegación robotizada, simuladores avanzados, realidad aumentada e inteligencia artificial aplicada al diagnóstico y a la planificación quirúrgica. Dentro de unos años veremos técnicas que hoy consideramos ciencia ficción pero que, una vez incorporadas, redefinirán lo que significa operar o embolizar.
A largo plazo, sin embargo, el verdadero cambio vendrá de ámbitos aún más disruptivos: la genética y la prevención molecular. Llegará el día, quizás no tan lejano, en que podamos intervenir sobre los factores biológicos que predisponen al aneurisma o la malformación, corrigiendo la vulnerabilidad antes de que la lesión exista.
Entonces, tanto la microcirugía como la embolización podrían ser vistas como artefactos de un tiempo anterior. Hoy apenas podemos imaginar ese escenario, pero la historia de la medicina enseña que cada generación considera definitivo lo que no es más que transitorio.
La historia de la medicina enseña que cada generación considera definitivo lo que no es más que transitorio
Y, a pesar de todo ello, el mensaje central es otro: no podemos vivir para un futuro hipotético descuidando el presente real. La neurocirugía que existe hoy necesita neurocirujanos formados hoy.
No podemos renunciar a la enseñanza tradicional de la anatomía microquirúrgica ni a la práctica de la microcirugía, que no sólo son esenciales para la patología cerebrovascular, sino que constituyen la base técnica sobre la que se sostiene el resto de la especialidad. Tampoco podemos descuidar la formación en técnicas endovasculares, que son ya una parte indisociable de la neurocirugía moderna.
El equilibrio entre ambos mundos no llegará por inercia: debemos construirlo. Formar, entrenar, inspirar a las nuevas generaciones, incluso en un contexto en el que las vocaciones parecen más frágiles y donde la inmediatez tecnológica puede deslumbrar más que la profundidad del aprendizaje.
El resultado final lo dirá el tiempo. Pero lo que sí sabemos es que sólo mejorando el presente estaremos preparados para recibir el futuro. La neurocirugía no puede detener su avance, pero tampoco puede renunciar a su esencia. Entre el bisturí, el catéter y lo que aún no sabemos imaginar, la especialidad sigue viva, en transformación y más prometedora que nunca.








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