El reciente debate técnico dejó una lección ineludible: la economía peruana no soporta más experimentos ideológicos. Tras superar los golpes de la pandemia, el electorado peruano exige estabilidad y propuestas serias. Sin embargo, el paso del gobierno de izquierda de Pedro Castillo por el poder demostró lo contrario, evidenciando cómo las propuestas radicales y la improvisación pueden destruir la confianza económica del país.
En el centro de este fracaso se encuentra Pedro Francke, quien intentó venderse como el rostro técnico y moderado de un proyecto de izquierda que, en su esencia oficial, albergaba intenciones intervencionistas. Durante su gestión, Francke repetía como un mantra que no habría estatizaciones y aseguraba que “los datos están ahí”, en un intento desesperado por transmitir una tranquilidad que su gobierno se encargaba de dinamitar.
El discurso de Francke chocaba frontalmente con la cruda realidad del plan de gobierno defendido por Sánchez. Mientras el exministro prometía moderación, las propuestas oficiales de este sector apuntaban a una mayor intervención estatal y contemplaban la posibilidad de estatizar sectores estratégicos.
La desconfianza se apoderó del país a tal nivel que entidades como Moody’s rebajaron la calificación crediticia del Perú en el 2021, como respuesta a los mensajes ambiguos sobre los contratos y a las amenazas de cambios estructurales. El resultado de estas propuestas de izquierda fue desastroso y el costo lo pagó la población más vulnerable. Para el 2022, la inversión privada se estancó, frenando en seco la generación de empleo y el dinamismo que el Perú necesitaba para recuperarse de la crisis del COVID-19.
Parafraseando irónicamente al propio Francke, “los datos están ahí”. Y esos datos confirman, sin lugar a dudas, que el descalabro de la economía no fue culpa del modelo de libre mercado, sino de la hostilidad política, la improvisación y los mensajes contradictorios de una izquierda que prefirió la amenaza intervencionista antes que la predictibilidad económica. Al final cuando prima la confrontación por encima de las reglas claras, son los ciudadanos más pobres los que terminan pagando el altísimo costo de la inestabilidad.
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