El Perú atraviesa uno de los momentos de mayor desconfianza de las últimas décadas: hacia la política, las autoridades y, muchas veces, incluso hacia la posibilidad de construir un futuro mejor.
Esa sensación no aparece de un día para otro. Es el resultado de años de confrontación, crisis institucional y promesas incumplidas. Pero el mayor riesgo no es solo político o económico. El mayor riesgo es la resignación: la sensación de que nada cambiará y de que el Perú ha dejado de ser un país capaz de generar oportunidades y progreso.
Ese es un riesgo enorme para cualquier país que quiera avanzar. Porque ningún país es viable cuando sus ciudadanos dejan de participar y cuando la frustración se convierte en indiferencia.
A pocas semanas de la segunda vuelta, el desafío del Perú no será solo elegir un presidente. El verdadero reto empezará después: recuperar la gobernabilidad, fortalecer la institucionalidad y devolverle rumbo a un país atrapado durante años en la inestabilidad y la polarización.
El Perú necesita recuperar competitividad y volver a convertirse en un país capaz de atraer inversión, generar crecimiento y crear oportunidades para millones de personas. Porque sin crecimiento económico no habrá reducción sostenible de pobreza ni mejora real en la calidad de vida de millones de peruanos.
Nuestro país ya demostró que puede reducir la pobreza, generar movilidad social y construir oportunidades cuando existe estabilidad, inversión y confianza. El desafío es recuperar esa capacidad antes de que la frustración termine debilitando aún más nuestra capacidad de generar acuerdos y estabilidad.
En los últimos días, durante una nueva edición de CADE Universitario, cientos de jóvenes de todo el país debatieron sobre institucionalidad, libertad, desarrollo y futuro. Más allá de las conferencias, lo más valioso fue comprobar que existe una generación que sí quiere involucrarse y que entiende que el país no cambiará si seguimos observándolo desde la tribuna.
Ese trabajo no empezó ahora. Desde IPAE Acción Empresarial y CADE Universitario venimos impulsando desde hace años espacios para fortalecer la ciudadanía y promover una participación más activa en los jóvenes. Pero esta reflexión va mucho más allá de los jóvenes. El Perú necesita recuperar algo básico: la capacidad de construir acuerdos. Durante demasiado tiempo hemos normalizado la confrontación como forma de hacer política. Hemos convertido al que piensa distinto en enemigo y debilitado nuestra capacidad de dialogar y construir acuerdos.
Sin confianza, no hay inversión. Sin inversión, no hay empleo. Sin empleo, no hay oportunidades. Y sin oportunidades, la frustración social seguirá creciendo.
Por eso es importante entender que la estabilidad económica no es un concepto técnico alejado de la vida cotidiana. La estabilidad protege a las personas. Cuando se pierde, aumenta la pobreza, se frenan proyectos de vida y el miedo reemplaza a la esperanza.
La inversión privada tampoco puede seguir siendo vista como un adversario del desarrollo. Un país no reduce pobreza ni genera oportunidades sostenibles sin empresas que inviertan, sin reglas claras y sin un Estado capaz de generar confianza.
Nuestro país necesita también volver a atraer talento al sector público. Ningún país puede construir desarrollo sostenible sin un Estado con capacidad, liderazgo y personas comprometidas con servir al país. Pero el crecimiento, por sí solo, tampoco basta. Ningún país construye desarrollo sostenible sin instituciones sólidas, respeto por las reglas y un Estado capaz de generar confianza.
Ahí aparece un reto que no corresponde solo a los políticos. También nos corresponde a quienes formamos parte de la sociedad civil, del sector privado, de la academia y de los espacios de liderazgo.
Uno de los mensajes más potentes que dejó CADE Universitario este año fue precisamente ese: el Perú no cambiará solo. Cambiará cuando más personas decidan participar, exigir, dialogar y construir comunidad.
Porque, a pesar de todas las dificultades, el Perú sigue teniendo algo enorme a favor: su gente. Quizás el desafío más importante de las nuevas generaciones, junto con quienes hoy tenemos la responsabilidad de liderar, sea recuperar la confianza en nosotros mismos y en nuestra capacidad de volver a construir un país viable, competitivo y con oportunidades para todos.










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