Líbano: La república del fuego cruzado, por Max Kessel

El escenario más trágico de la guerra de Irán ha terminado siendo la desventurada República del Líbano, y no el mismo Irán, paradójicamente. Líbano es un país exhausto, económicamente devastado y crecientemente harto de servir como campo de batalla para intereses ajenos. Han sido utilizados y sacrificados por potencias vecinas que dicen defender grandes causas históricas, mientras millones de libaneses quedan atrapados entre ruinas, desplazamientos y una humillación nacional permanente. Lo peor es que ni Irán ni Israel parecen interesados en detenerse.

Se estima que más de un millón de personas fueron desplazadas en los peores momentos de los enfrentamientos recientes, en un país de apenas 6 millones. El sur del país, los suburbios de Beirut y otras zonas controladas por Hezbollah han quedado atrapados en una rutina de evacuaciones, destrucción y reconstrucciones incompletas.

Durante años, el grupo terrorista chiita Hezbollah construyó su legitimidad bajo la idea de la “resistencia” contra la ocupación israelí del sur de Líbano. Pero para la gran mayoría de libaneses —incluyendo cada vez más chiitas— la organización dejó de ser una fuerza de protección nacional y se ha convertido en una maquinaria de provocación permanente al servicio de Teherán. Un Estado paralelo armado que arrastra a todo el país hacia guerras que jamás eligieron pelear. Un imán que atrae muerte y destrucción a Líbano cada vez que asoma la cabeza.

Cuando Irán ordena o incentiva que Hezbollah lance cohetes contra Israel —que poco daño le hacen— sabe perfectamente cuál será la reacción israelí: bombardeos devastadores sobre Líbano, destrucción de infraestructura, desplazamientos masivos y una nueva ronda de sufrimiento para una población ya exhausta después del colapso económico del 2019, considerado por el Banco Mundial como una de las peores crisis financieras modernas. La protección de Líbano jamás fue el objetivo de la estrategia iraní. Hezbollah, a todas luces un brazo de la Guardia Revolucionaria iraní, es considerado el “seguro de vida” regional de la República Islámica: la capacidad de amenazar a Israel desde su frontera norte.

Israel considera —no sin razón— que Hezbollah representa una amenaza militar intolerable. El problema es que su método para enfrentarla muchas veces termina acelerando precisamente la destrucción institucional que querrían evitar. Cada edificio pulverizado, cada pueblo reducido a escombros y cada familia desplazada o con hijos muertos debilitan todavía más al ya frágil Estado libanés, refuerzan la percepción de que el gobierno de Beirut es incapaz de proteger a su gente y generan más reclutas para Hezbollah.

Allí emerge la trifulca del Líbano moderno: el gobierno libanés y Hezbollah hace mucho que dejaron de cooperar y son ahora adversarios. De hecho, el establishment político, militar y económico libanés lleva años desesperado por recuperar el monopolio de las armas, y el gobierno acaba de declarar ilegales las actividades armadas de Hezbollah. Pero no tienen suficiente fuerza para hacerlo solos. Hezbollah es simultáneamente demasiado poderoso para ser confrontado frontalmente por el gobierno y demasiado tóxico para coexistir indefinidamente con ellos en un Estado funcional.

Esto resulta en un proceso donde la nación queda subordinada a la lógica de un estado de guerra perpetuo entre Irán e Israel. La economía se paraliza; la inversión desaparece; el turismo colapsa; los jóvenes emigran. Y millones de personas terminan viviendo como rehenes geopolíticos de una confrontación regional que los abruma y supera completamente.

La historia está llena de países destruidos por guerras ajenas, desde la Guerra de los Treinta Años del siglo XVII, donde los principados alemanes fueron convertidos en carne de cañón de rivalidades imperiales de otros. Líbano corre el riesgo de convertirse en la nueva versión mediterránea de este fenómeno: un Estado demasiado débil para controlar su soberanía y demasiado estratégico para que otros lo dejen en paz.

La mejor solución es normalmente la más pragmática. Israel entiende que destruir completamente a Hezbollah con bombas es imposible, pero sí podría ayudar indirectamente al gobierno libanés a recuperar el control territorial y político de todo el país. Eso requeriría algo difícil para ambos Estados y pueblos: generar confianza y reemplazar la lógica de castigo mutuo por una de paz regional. En otras palabras, Israel debe apuntar a fortalecer al Estado libanés ayudando a que ellos desarmen a Hezbollah, aprovechando la debilidad presente de Irán, retirarse del sur de Líbano para evitar la humillación del gobierno de Beirut y luego firmar un tratado de paz. Beirut difícilmente se opondría a algo semejante.

Las negociaciones entre Israel y Líbano que se están dando en este momento por presión de Estados Unidos tienen un gran potencial de éxito si ambos países ponen el bien de sus ciudadanos por delante. Suena improbable; pero también parecía improbable que Francia y Alemania dejaran de masacrarse después de siglos de guerras.

Pero el tiempo se les acaba. Porque cuanto más dure este estado de guerra entre Irán e Israel sin una solución para Líbano, más corre el país el riesgo de dejar de existir como un Estado soberano real y convertirse en lo que las potencias vecinas ya parecen considerar que es: un campo de batalla desechable.

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