La segunda vuelta no solo definirá al próximo presidente; también pondrá a prueba nuestra madurez democrática. Las elecciones activan emociones intensas porque ordenan preferencias políticas, expectativas, temores, identidades y formas distintas de imaginar el futuro del país. En una campaña electoral, los ciudadanos evalúan propuestas y trayectorias, pero también reaccionan ante símbolos, liderazgos, relatos y amenazas percibidas. Por eso, el resultado de una elección rara vez se vive con neutralidad: para algunos representa esperanza; para otros, frustración, preocupación o rechazo.
El Perú atravesó una primera vuelta especialmente compleja. La gran cantidad de candidaturas, la elección simultánea de varias autoridades y los problemas operativos registrados durante la jornada electoral han incrementado el cansancio ciudadano y la desconfianza pública. Las fallas en la instalación de mesas, las dificultades en algunos locales de votación, los problemas informáticos y las demoras en la comunicación de resultados han alimentado sospechas y cuestionamientos.
Este escenario exige distinguir entre dos planos. El primero corresponde a la fiscalización legítima. Todo proceso electoral debe ser revisado con rigor, transparencia y responsabilidad. Si hubo errores, deben identificarse; si hubo negligencia, debe sancionarse; si hubo fallas de organización, deben corregirse. La democracia no se fortalece negando los problemas, sino enfrentándolos con evidencia, procedimientos claros y rendición de cuentas. El segundo plano corresponde a la reacción emocional frente al resultado. Allí aparece un desafío más profundo: aceptar que millones de ciudadanos pueden votar por una opción que otros consideran equivocada, riesgosa o incluso intolerable.
Desde la psicología política, esta dificultad se explica porque muchas personas no viven la elección únicamente como una decisión racional, sino como una confirmación o amenaza a su visión del mundo. Cuando gana el candidato propio, puede aparecer triunfalismo; cuando gana el adversario, desánimo, rabia o temor. Desde la antropología, la política también funciona como un espacio de pertenencia: organiza grupos, lealtades, antagonismos y fronteras simbólicas entre “nosotros” y “ellos”. Esa división se vuelve peligrosa cuando el adversario deja de ser un competidor democrático y pasa a ser tratado como un enemigo ilegítimo.
En este punto, conviene recordar un valor especialmente relevante para la vida pública: el respeto al otro. En la Universidad del Pacífico, este principio forma parte de los valores que orientan la formación de sus estudiantes y la convivencia académica, en la que la investigación aplicada es fundamental para contribuir con el país. No se trata de una cortesía superficial ni de una renuncia a la crítica, sino de una disposición ética a reconocer la dignidad de quien piensa distinto, vota distinto o imagina el país desde otra sensibilidad política.
La segunda vuelta presidencial del domingo 7 de junio pondrá al país ante una prueba de madurez. Es comprensible que muchos ciudadanos tengan reservas profundas frente a una u otra candidatura. También es legítimo advertir riesgos, contrastar propuestas, exigir explicaciones y votar con convicción. Sin embargo, una vez definido el resultado, el país necesitará algo más difícil que entusiasmo o indignación: necesitará reconocer la regla democrática incluso cuando gane quien no representa nuestras preferencias.
Aceptar el resultado no significa renunciar a la crítica ni entregar un cheque en blanco al próximo gobierno. Significa reconocer la legitimidad de quien gana dentro de las reglas, fiscalizarlo con firmeza y evitar que el desacuerdo se convierta en bloqueo permanente. El Perú no puede permitirse otros cinco años de obstrucción, revancha y sospecha sistemática. La democracia exige competir con pasión, votar con libertad, perder con madurez y gobernar con responsabilidad. Después del voto, la verdadera prueba será dejar que la razón pese más que el resentimiento.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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