El otro día, en Lima, un repartidor me pidió propina. No por la eficiencia del servicio, sino por la gasolina.
“Está carísima—dijo—, y a nosotros no nos pagan nada.»
No mencionó a Irán, ni a Donald Trump, ni el estrecho de Ormuz. No le hacía falta. Sin saberlo, estaba dando la cifrade lo que representa para nosotros una guerra que la mayoría de los peruanos sigue como si fuera el clima de otra ciudad: con atención distraída y la tranquila ilusión de que nunca terminará lloviéndonos encima.
Una ilusión cara. Literalmente.
Desde el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron una serie de bombardeos sobre Irán, el conflicto convirtió el estrecho de Ormuz en el cuello de botella más caro del planeta. Hoy casi 10 millones de barriles diarios siguen sin llegar a los mercados mundiales. La guerra no ha terminado, y basta un tuit de Trump calificando la contrapropuesta iraní de “basura” para que el Brent vuelva a subir.
En Lima todo eso no llega como titular. Llega como factura.
En menos de un mes desde el inicio de la crisis, el precio del diésel subió más de un 30% y el de la gasolina superó el 32%. Hoy, en Lima, el gasohol regular oscila entre S/18,39 y S/23,65 por galón. Los precios no bajaron. Se instalaron. La inflación anual en Lima llegó al 4,01% en abril, su nivel más alto en más de dos años, con el transporte subiendo un 15% y los alimentos un 4,16%, según el INEI.
El conflicto no avisa con sirenas antiaéreas ni con tanques en la avenida. Aparece en el pasaje del bus, en el menú del restaurante, en el taxista que renegocia la carrera en cada semáforo. Ormuz no necesitó cruzar el Atlántico, pero llegó directo a nuestra canasta básica.
Y, por supuesto, las turbulencias globales golpean con más facilidad a un país que ya arrastra sus propias incertidumbres. Ya que Perú se encuentra, de por sí, atrapado en un ciclo electoral que no genera precisamente la clase de certezas que los mercados celebran.
Y aquí aparece una ironía nacional bastante incómoda. Mientras Medio Oriente demuestra que el petróleo puede mover mercados en cuestión de días, Petro-Perú lleva años refinando más presupuesto que combustible. El resultado es que cuando el mundo se incendia, Perú llega sin extintor.
Pero la geografía de la crisis no es equitativa.
Mientras los peruanos pagan la cuenta, Guyana observa el panorama con la discreta satisfacción de quien ve revalorizarse su patrimonio gracias a un incendio ajeno. Ese país al que Venezuela le reclama ante la Haya parte de su territorio — y del petróleo que hay bajo él — produce hoy más crudo por habitante que varios miembros históricos de la OPEP y proyecta, según el FMI, el mayor crecimiento económico de América Latina en 2026 — una cifra que cambia más rápido el destino de un pueblo que cualquier elección presidencial.
La paradoja roza lo impertinente: la misma tensión geopolítica que empobrece al repartidor en Lima financia la infraestructura del mañana en Georgetown. Dos países latinoamericanos. La misma guerra. Destinos opuestos según lo que hay bajo sus pies.
Lo más incómodo es que Ormuz tampoco reveló nada nuevo. Solo arruinó una fantasía bastante contemporánea: la gradual emancipación del petróleo. Porque por más que la economía global hable como si viviera en 2050, reacciona como si siguiera atrapada en 1974.
Llevamos treinta años de un idilio teórico con las renovables que se estrella, cada mañana, contra el tanque de gasolina del repartidor. Al final, toda la inversión verde del mundo y las innumerables cumbres climáticas no han servido para que un bloqueo a 15,000 kilómetros deje de tener la última palabra sobre los precios en Lima.
Por eso el repartidor que me pidió propina no estaba hablando de gasolina.
Estaba describiendo, sin saberlo, las sutiles grietas del orden internacional: frágil, asimétrico, y perfectamente capaz de corregirte el presupuesto desde el otro lado del mundo.












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