Roberto Sánchez era el plan B de Roberto Sánchez. Ser candidato presidencial de Juntos por el Perú (JP) en las elecciones de este año no estaba entre sus cálculos. Sus limitaciones para ser cabeza de una unidad de izquierda le eran evidentes. Por eso, allá por el 2022, pensó que Antauro Humala, recién salido de prisión, sería una apuesta con más punche. Pero el traicionero papel que jugó en las protestas posteriores a la caída de Pedro Castillo desdibujó al etnocacerista ante el pueblo zurdo. Así que al huaralino no le quedó más remedio que irse acostumbrando a la idea de probarse el sombrero chotano.
Por su parte, Pedro Castillo, preso pero no manco, fue contemplando la idea de un frente izquierdista en torno a un partido propio: Todo con el Pueblo. En esa coalición imaginada de un castillismo centrípeto contaría con el respaldo político de sus exministros más leales (recordemos que Sánchez fue el único que no se quitó la faja durante todo el gobierno del profesor). Pero Castillo quería más. ¿Por qué no incluir también a las organizaciones de Yonhy Lescano, Virgilio Acuña y Ricardo Belmont? Al final, Castillo dejó escapar ‘su’ partido en manos de otro de sus exministros no tan leal (Nicolás Bustamante) y Sánchez se encargó de que la alianza soñada fuese angosta, manejable, alrededor de JP y metiendo de yapa a Antauro. Así nació Juntos con el Pueblo.
El acuerdo entre Sánchez y Castillo era diáfano: Juntos por el Perú designaba al grueso de candidatos al Congreso bicameral y el expresidente nombraba a los “invitados” de la lista. JP es, en el mejor de los casos, un partido regional, asentado en Lambayeque y balnearios, y con algunas cuantas bases en Cusco y anexos. Sánchez, recordemos, no tuvo la formación ideológica de Vladimir Cerrón como para forjar un partido de cuadros como Perú Libre. Tampoco es un líder sindical para ensayar una dinámica movimientista con las rondas campesinas y el magisterio, como lo hizo Castillo. El actual candidato presidencial se ha socializado políticamente como funcionario (Gobierno Regional de Lambayeque, alcaldías del norte chico, el Mincetur, etc.). Así, terminó articulando una organización política a la imagen y semejanza del prototípico gris funcionario estatal. Además, para esta campaña sumó sus propios refuerzos: Jaime Quito, Silvana Robles, Víctor Cutipa, camaradas otorongos con quienes empatizó en el fragor de la gimnasia parlamentaria. Suficiente para saltar al ruedo.
Desde Barbadillo, Castillo confeccionó con detalle su parte de la lista congresal: su entorno familiar (su hermano José Mercedes, su hermana Irma, su cuñada-hija Yenifer Paredes, su sobrino Cledin Vásquez), sus exministros-voceros (Hernando Cevallos y Anahí Durand, curiosamente frustrados de otro fallido intento de construcción partidaria en APU) y sus ‘profes’ más resilientes (del Fenatep como Alejandro Manay en Ayacucho, José Chipana en Puno y el inefable Íber Maraví). Con ese combinado de segunda división de la izquierda peruana, Sánchez ha alcanzado la segunda minoría electoral a escala nacional.
En la híperfragmentada política peruana actual, los partidos han abandonado la vocación de construir mayorías. De 27 millones de electores hábiles, al final del conteo, dos millones habrán endosado la coalición Sánchez-Castillo (700 mil votos menos que los que tuvo la dupla Cerrón-Castillo). La geografía electoral de Juntos por el Perú no es la de Perú Libre. Porque los actores sociales invocados no son los mismos. Esta vez, se trata de una izquierda descafeinada ideológicamente, de un sentido común más populista y menos marxista, menos sofisticada para las narrativas y más directa con los simbolismos. Apela más a los pactos que a los fundamentalismos. Estamos ante un castillismo 2.0, hechura del gobierno fallido y de la trayectoria del oportunista candidato presidencial. Se trata de una izquierda más estatal que estatista; le interesa el acceso y control del presupuesto público, no los presupuestos dogmáticos. Quiere distribuir cargos, no la riqueza. No va a reformar el modelo, lo va a socavar sin que sus guardianes se den cuenta.
Por eso, la tecnocracia de este proyecto importa menos de lo usual. Igual se la cuento. Se trata de catedráticos de universidad pública que enmarcan sus cartones de asistencia a seminarios internacionales. No me extrañaría que Alejandro Narváez dé el salto de Petro-Perú al MEF, que Jorge Manco Zaconetti asuma Energía y Minas ni que Modesto Montoya retorne al Gabinete. De alguna manera u otra, el modelo ya los ha sufrido y los ha sobrevivido. Los consultores los clasifican con aplomo: no son castristas ni chavistas ni maoístas. Nos invitan a dormir tranquilos. Pero por ahí no viene la cosa, sino por el cuoteo y la lotización de la administración pública. Finalmente, una economía que crece más de dos por ciento anual implica un Estado con plata. Y Sánchez lo sabe. Reivindicación histórica o repartija. ¿Cuánto forado fiscal sigue aguantando nuestro modelo? De esto es lo que realmente se trata.
Pero, sobre todo, de la praxis negociadora de Sánchez, que puede resumirse en dos actos. El primero: distraer para avanzar. Mientras nos entreteníamos viendo cómo los “sectores democráticos” [sic] exigían la renuncia de Castillo, Sánchez afianzaba sus relaciones con la inversión china. Cualquier consultor mínimamente informado sabe que Chancay es “el barrio” del exministro de Comercio Exterior. Hoy ha soltado a Antauro a la prensa, y la prensa ha pisado el palito.
El segundo: estirar la cuerda para fijar el punto medio. ¿Se imagina una ley de amnistía que beneficie a Pedro Castillo, Guillermo Bermejo, Walter Aduviri y, de yapa, a algún otro expresidente? Aunque el plan maximalista no prospere, ya habrá desplazado el umbral de lo aceptable: el indulto a Castillo aparecerá como el mal menor. ¿Se imagina usted al expresidente, en persona, con poncho y sombrerito, movilizando a la izquierda?
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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