El siglo XXI ha visto la consolidación de dos izquierdas en Latinoamérica. Una moderna como la de Brasil, Uruguay, Chile, México y, tal vez, Colombia; y una izquierda antigua y radical como la de Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y, por supuesto, Cuba.
¿Y en El Perú?
Dos son los criterios para definir si una izquierda es moderna o no. El primero, y el más importante, es la posición frente a las instituciones de la democracia liberal que es el único, aunque imperfecto, método que han concebido los seres humanos para vivir civilizadamente.
Cuando gana elecciones, la izquierda radical intenta, a través de ardides, quedarse en el poder y abolir la separación de poderes. Algunas de estas izquierdas suelen disfrazar su ataque a la democracia constitucional usando el eslogan de la democracia participativa. Pero el ideal de una democracia participativa, que para tener éxito debe vencer primero la apatía de los ciudadanos, no colisiona con el de una democracia constitucional.
Es difícil imaginar a Lula o a Boric, o al Frente Amplio de Uruguay o la presidente de México intentar quebrar el orden constitucional.
Aplicado este criterio al Perú, la posición de los izquierdistas frente al golpe de Estado de Pedro Castillo del 2022 es un parteaguas. Todos los que dicen que aquello no fue un intento de golpe de estado trasuntan desprecio por la democracia liberal.
El otro criterio, segundo en importancia, es el de la economía. Todos los gobiernos de izquierda moderna han tratado de mejorar las condiciones materiales de los más vulnerables, en varios casos con cierto éxito, introduciendo cambios moderados en las instituciones económicas y con políticas de asistencia social. No han inventado nada. Nelson Mandela en su momento y el actual alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, son otros ejemplos de izquierdistas modernos que entienden que el funcionamiento de la economía impone límites a los discursos idealistas.
En la izquierda peruana el partido Ahora Nación, de Alfonso López Chau, se identifica como de izquierda moderna. Hay, sin embargo, dos cosas que siembran dudas sobre esto. Primero, el gusto de López Chau por frases altisonantes y de contenido discutible: “lo nacional, la cultura nacional, le otorga al mercado orgullo y mística”. O “la idea de nación supone y abarca a la economía social de mercado”. En relación con las políticas económicas, las frases solemnes y difíciles de entender suelen ser la antesala de experimentos con resultados desastrosos.
Lo segundo que genera dudas es la propuesta de una Asamblea Constituyente que él, y varios de sus candidatos al Congreso, han hecho por lo menos en algún momento. La propuesta de una nueva constitución es, en algunos políticos de izquierda, un camino taimado para acabar con las reglas del juego de la democracia liberal. Otros usan esta mala idea para hacer creer que la izquierda tiene un programa distinto, un “modelo” diferente que va a mejorar la situación económica de la mayoría de las personas. La experiencia de las izquierdas modernas de Latinoamérica demuestra que ese otro modelo no existe.
Dado que la confrontación ideológica entre derecha e izquierda es la sangre de la democracia liberal, es necesario para el país que se consolide una opción moderna de centroizquierda. La actuación de los congresistas de Ahora Nación permitirá evaluar en los próximos años si ello ha ocurrido.












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