Dos veces. Las lágrimas de Chuck Norris curan toda enfermedad; lástima que nunca llore. Cuando Chuck Norris subía a una combi, el cobrador le pagaba el pasaje y le daba vuelto. Esta semana proliferaron las frases sobre Chuck Norris en Internet, como una forma de homenaje ante su fallecimiento. Él fue un campeón consumado de artes marciales que creó su propio estilo, dio con éxito el salto al cine de acción en los ochenta y encontró nueva vida mediática en las frases sobre sus posibles hazañas exageradas.
Es interesante notar cómo un personaje de la cultura popular puede decir tanto sobre su contexto político, los ideales que transmitía y los significados que su casi inexpresiva mirada representaba mientras liquidaba a patadas a sus adversarios con un estilo pragmático.
Durante los ochenta, los cines limeños se plagaron de cintas de guerra con las que los estadounidenses parecían estar saliendo del trauma del fracaso en Vietnam. En la pantalla, los guerreros americanos regresaban a rescatar a los prisioneros de guerra que estaban abandonados en el Sudeste Asiático. No está de más decir que los vietnamitas, pese a haber ganado la guerra, aparecían como un grupo marginal y cruel, como lo eran también representados todos los grupos étnicos que los unían como enemigos de Estados Unidos en las películas de acción.
Sin embargo, junto con la propaganda política, al Perú las películas de comandos traían el ideal adolescente del macho alfa. En plena época del conflicto armado interno, del miedo y la desconfianza, se construían ideales casi militares de masculinidad. Los niños eran educados para no llorar y los adolescentes durante los partidos de fulbito eran estimulados a mostrar su fuerza y agresividad. Los ideales masculinos eran los del guerrero que puede exhibir poder frente a otros y que lo hace en el plano público, delante del mundo, llevando su cuerpo al extremo.
¿Qué tanto hemos cambiado? Ya los paradigmas ceden y se espera que los hombres seamos más empáticos, sensibles y responsables. El consumo de imágenes masculinas ha ido variando y muchas chicas han señalado a los ídolos del pop coreano como modelos mucho más atractivos, que lejos de ser violentos o dominantes, muestran vulnerabilidad y cercanía. La irrupción de las series por ‘streaming’ hacen que el público demande más historias realistas y personajes complejos cuyas luchas internas puedan ser identificables. Hay poco lugar para héroes con bazuca o ametralladora. Sin embargo, la socialización todavía apunta a la idea de la masculinidad agresiva, ya sea en la pelea en el patio escolar, en la forma como los padres transmiten valores a sus hijos y en la política, donde los hombres de poder actúan prepotentemente. ¿Podremos deconstruir y cambiar la manera como socializamos a los niños y crear una masculinidad mucho mejor integrada a la sociedad?
Ahora bien, nada es ajeno a la sociedad que lo rodea. El buen Chuck Norris actuaba en películas que enfatizaban los ideales de la era Reagan, aquella que buscaba “hacer América otra vez grande”. En la pantalla, peleaba contra los enemigos de su país (desde el punto de vista de Estados Unidos) y rescataba la imagen del vaquero que, luego de imponer orden a la fuerza, partía estoico y solitario hacia la puesta del sol. La partida del actor héroe de acción se da en medio de otro gobierno republicano (partido al que Chuck siempre se adscribió) y en la era Trump, que tiene el mismo principio de retomar la grandeza del país del norte, esta vez con armas de verdad. El sheriff global vuelve a disparar, imponiendo su verdad a la fuerza y no se anuncia un final feliz como en las películas de acción.
Sea como paradigma de una masculinidad que felizmente está cambiando, o como fruto de un sistema político de imperialismo que ya debe desaparecer, no puedo dejar de reconocer que las películas y la imagen de Chuck Norris son parte de mi adolescencia, allá en esas épocas de atentados y crisis. Se decía que Chuck había muerto hace tiempo, pero la muerte tenía miedo de decírselo.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.












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