Vigencia de Arguedas, por Francisco Miró Quesada Westphalen

Volver a la obra de José María Arguedas no es solo un ejercicio literario, sino una forma de aproximarse a una pregunta más exigente sobre qué significa realmente conocer un país. No basta con habitarlo, recorrerlo o nombrarlo, porque conocer implica un esfuerzo más profundo y una disposición a comprender aquello que no se revela de inmediato.

En Los ríos profundos, esa dificultad aparece desde la experiencia misma del lenguaje y de la sensibilidad. Arguedas no describe paisajes o personajes, sino que propone formas de estar en el mundo que no siempre son accesibles a una mirada rápida. En su obra hay una insistencia constante en aquello que late por debajo de la superficie y en lo que persiste aunque no siempre sea reconocido.

En un hermoso pasaje, el propio autor sugiere que el canto, junto con la lengua, la memoria y la experiencia, constituye “la materia de que estoy hecho”. Esta no es una afirmación retórica, sino una intuición fundamental, ya que el individuo no está separado del mundo que lo forma, sino que está tejido por él. En consecuencia, la identidad no es una abstracción, sino una construcción que se sostiene en aquello que se aprende a escuchar, a nombrar y a comprender.

Desde esa perspectiva, el Perú aparece no es, como todos sabemos, una realidad homogénea, sino una pluralidad de experiencias que exigen ser entendidas en sus propios términos. En efecto, no todo lo que nos constituye es transparente, porque existen lenguas, símbolos, memorias y sensibilidades que requieren un esfuerzo deliberado de aproximación. Por lo tanto, conocer es también un acto de humildad.

Tal vez por esa razón adquiere un significado especial recordar que mi abuelo, el filósofo Francisco Miró Quesada Cantuarias, aprendió quechua junto a Arguedas, quien fue su amigo. No fue un gesto circunstancial ni meramente académico, sino una forma concreta de acercarse a una dimensión del país que no podía ser comprendida desde la distancia. En ese sentido, aprender una lengua implica aceptar que existe un mundo que no se deja traducir sin esfuerzo y que ese esfuerzo constituye, en sí mismo, una forma de reconocimiento.

Además, en ese gesto hay algo más que un aprendizaje lingüístico. Se trata de la ética de quien entiende que el respeto no puede fundarse en la ignorancia y que el vínculo con lo propio no se agota en la pertenencia, sino que exige comprensión. Por ello, no es apropiación cultural, sino predisponerse a escuchar al otro.

Arguedas, en consecuencia, no escribió únicamente sobre el Perú, sino que escribió desde una experiencia que lo obligó a habitar sus tensiones, a traducirlas y a intentar hacerlas inteligibles. Su obra deja una enseñanza persistente, porque aquello que no se comprende tiende a ser reducido, distorsionado o incluso negado.

Por esa razón, más que buscar en Arguedas respuestas inmediatas, conviene recuperar la exigencia que atraviesa su escritura. Se trata de asumir que conocer el Perú no es un dato, sino una tarea, que implica aprender a escuchar lo que no siempre nos es familiar y aceptar que nuestra comprensión siempre puede ser ampliada.

En un tiempo en que las afirmaciones sobre lo que somos suelen formularse con demasiada rapidez, volver a Arguedas permite recordar que el conocimiento requiere paciencia y que el vínculo con un país no se construye desde la consigna, sino desde la experiencia.

En última instancia, no es posible amar lo que no se conoce. Por ello, conocer, en el sentido más pleno, implica estar dispuesto a aprender incluso aquello que, en un inicio, no logramos comprender.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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